Inflación bajo presión: alimentos y energéticos mantienen el IPC arriba de la meta y complican el camino de Banxico
El repunte de alimentos y energéticos mantiene la inflación por encima del objetivo y eleva el reto para la política monetaria en 2026.
El balance inflacionario de México volvió a tensarse tras el repunte observado en marzo, un episodio que reavivó el debate sobre qué tan rápido podrá converger el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) al objetivo de 3% del Banco de México (Banxico). La lectura reciente combinó un salto en precios agropecuarios con presiones en energéticos, mientras la inflación subyacente —que excluye los componentes más volátiles— mostró una resistencia mayor a la esperada, particularmente en servicios.
En el mercado y entre analistas, el escenario central se ha movido hacia una inflación que podría promediar variaciones anuales superiores a 4% durante buena parte del primer semestre de 2026, con riesgos sesgados al alza si persisten choques externos. Aunque algunos incrementos se explican por factores de oferta, el punto sensible es la persistencia: cuando los aumentos se prolongan, las expectativas se ajustan y el costo de “desinflar” la economía suele aumentar.
La decisión de Banxico de recortar la tasa de referencia en 25 puntos base —en un contexto de crecimiento débil— añadió complejidad al panorama. En términos macroeconómicos, el banco central enfrenta un dilema recurrente: por un lado, una actividad que se ha desacelerado frente a años previos; por otro, una inflación subyacente que no termina de ceder con claridad. En la práctica, esto obliga a calibrar cuidadosamente el ritmo de relajamiento monetario para no alimentar la percepción de tolerancia a inflaciones altas.
Parte del debate se concentra en si la economía mexicana mantiene “holgura” suficiente para contener presiones de demanda. En los últimos años, el mercado laboral ha mostrado resiliencia relativa y aumentos salariales reales en diversos periodos, mientras la estructura de costos de múltiples sectores ha incorporado incrementos en insumos y logística. En este contexto, la trayectoria de servicios —componente típicamente más inercial— se vuelve crucial para anticipar la velocidad de convergencia del INPC.
Además, el canal externo ganó peso: el encarecimiento del petróleo y sus derivados tiende a transmitirse a cadenas productivas y a costos de transporte. Si estos choques se prolongan, el impacto suele sentirse primero en la inflación no subyacente, pero puede “contaminar” la subyacente vía costos, márgenes y ajustes de precios en sectores con menor elasticidad de demanda.
Alimentos, campo y restaurantes: cuando el choque de oferta se vuelve cotidiano
El episodio reciente de inflación en agropecuarios ilustra cómo un choque de oferta puede propagarse más allá del anaquel. El aumento de costos en diésel, fertilizantes y otros insumos agrícolas tiende a elevar el costo total de producción, y con ello los precios al consumidor, particularmente en frutas y verduras. Cuando productos específicos registran alzas abruptas —como ocurrió con el jitomate— el efecto se amplifica porque la oferta agrícola responde con rezagos: decisiones de siembra, ciclos de cosecha, disponibilidad de transporte y condiciones climáticas.
La presión también se filtra hacia el sector servicios. Fondas, taquerías, loncherías y restaurantes suelen enfrentar una disyuntiva: absorber parte del aumento de insumos y reducir margen, o trasladarlo al consumidor con el riesgo de menor demanda. Dado que la comida preparada tiene alta frecuencia de consumo, un ajuste sostenido en este rubro puede contribuir a la persistencia de la inflación subyacente, incluso si algunos precios agropecuarios se corrigen posteriormente.
Un factor adicional es el entorno comercial con Estados Unidos, donde la imposición de medidas antidumping al jitomate mexicano elevó la incertidumbre para productores y cadenas de distribución. Este tipo de fricciones tiende a distorsionar señales de precio: puede incentivar cambios de cultivo, reducir oferta en el corto plazo y aumentar la volatilidad, justo en un componente que pesa de forma relevante en el gasto de los hogares.
Hacia 2026, el riesgo principal no es únicamente un rebote puntual, sino la combinación de choques: energéticos altos por tensiones geopolíticas, disrupciones logísticas que encarezcan importaciones, y una inflación de servicios que descienda lentamente. En ese entorno, la credibilidad de Banxico y el anclaje de expectativas serán determinantes: si el público y los mercados perciben que la inflación permanecerá elevada, los ajustes de precios y salarios pueden volverse más frecuentes, prolongando el proceso de desinflación.
En paralelo, el crecimiento económico luce acotado, lo que limita el margen para que empresas trasladen costos sin perder volumen. Esa tensión puede reflejarse en una economía con consumo más selectivo, presiones sobre márgenes empresariales y una política monetaria que avance con cautela, especialmente si la inflación subyacente continúa mostrando rigidez.
En suma, México entra a 2026 con un panorama donde los alimentos y los energéticos vuelven a empujar la inflación por encima del objetivo, mientras la subyacente sigue siendo el termómetro clave de persistencia. El reto para Banxico será balancear la debilidad cíclica sin ceder terreno en expectativas, en un contexto donde los choques de oferta y las fricciones comerciales pueden mantener la volatilidad de precios más tiempo del deseable.