PIB de México avanza 0.7% en 2025: el repunte de fin de año evita la recesión, pero confirma la desaceleración

09:34 30/01/2026 - PesoMXN.com
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La economía mexicana cerró 2025 con un crecimiento de 0.7%, su desempeño anual más débil desde la contracción observada en 2020, de acuerdo con la Estimación Oportuna del Producto Interno Bruto (PIB) difundida por el INEGI. La cifra consolidó un año de pérdida de tracción económica tras ajustes a la baja en pronósticos públicos y privados, y volvió a poner sobre la mesa el reto de elevar el crecimiento potencial en un entorno de inversión contenida y costos financieros todavía elevados.

El dato del último tramo del año, sin embargo, dio un respiro. En el cuarto trimestre, el PIB aumentó 0.8% frente al trimestre previo (cifras desestacionalizadas) y 1.6% en comparación anual, un cierre mejor al temido que ayudó a disipar el riesgo de una recesión técnica. Aun así, el balance del año fue de claroscuros: avances marginales en la primera mitad, una caída en el tercer trimestre y un rebote final que evitó un resultado todavía más bajo.

Por componentes, los servicios volvieron a cargar con la mayor parte del crecimiento. En el cuarto trimestre, las actividades terciarias subieron 2.0% anual, apoyadas por el consumo en segmentos urbanos, telecomunicaciones, transporte y algunos servicios profesionales. Las actividades primarias crecieron 6.0% anual, en parte por efectos estacionales y mejor desempeño en ciertos cultivos y ganadería. En contraste, las actividades secundarias —industria manufacturera, construcción y minería— apenas avanzaron 0.3% anual en el cuarto trimestre, reflejando un cierre de año con industria frágil y obra con ritmo desigual.

En el acumulado de 2025 frente a 2024, la fotografía sectorial mostró el principal foco amarillo: las secundarias retrocedieron 1.1%, mientras que las terciarias avanzaron 1.4% y las primarias 3.7%. La debilidad industrial es particularmente relevante porque concentra encadenamientos productivos, empleo formal y exportaciones, y porque México depende de la manufactura integrada a Norteamérica para sostener su ciclo económico. Cuando la producción de fábricas y la construcción pierden fuerza, el efecto suele sentirse en pedidos, subcontratación y generación de puestos registrados en el IMSS.

El trasfondo es un año en el que la economía navegó con motores desalineados: la demanda interna se sostuvo en algunos rubros por el mercado laboral y el flujo de remesas, mientras el sector industrial enfrentó una combinación de menor impulso externo, cautela empresarial y costos de financiamiento que, aunque con señales de moderación conforme la inflación se fue enfriando, siguieron siendo un lastre para proyectos intensivos en capital. A ello se sumó la incertidumbre propia de un cambio de administración y la expectativa de definiciones sobre política pública e infraestructura.

El entorno internacional también pesó. La actividad en Estados Unidos, principal socio comercial de México, desaceleró respecto a años previos, lo que tiende a reflejarse en menores órdenes manufactureras, sobre todo en sectores vinculados a autos, electrónica y maquinaria. En paralelo, episodios de volatilidad financiera global —asociados a tasas elevadas por más tiempo y a tensiones geopolíticas— mantuvieron a los mercados atentos al comportamiento del tipo de cambio, a la prima de riesgo y a la trayectoria de la inversión.

El resultado de 0.7% también reavivó el debate sobre crecimiento estructural. En los últimos años México ha mostrado periodos de expansión moderada alternados con estancamientos, lo que limita mejoras en el ingreso por habitante: con una economía que avanza cerca de 1% anual, el PIB per cápita tiende a moverse poco, especialmente si la productividad no repunta. Analistas han subrayado que, más allá del ciclo, el país enfrenta desafíos persistentes: baja inversión fija, cuellos de botella energéticos y logísticos, heterogeneidad regional, inseguridad y una adopción tecnológica desigual entre empresas.

Para 2026, el punto de partida luce mixto. Por un lado, el fenómeno de relocalización de cadenas (nearshoring) sigue ofreciendo oportunidades para manufactura, servicios logísticos y parques industriales, en especial en el norte y el Bajío. Por otro, la materialización de esos proyectos depende de disponibilidad de electricidad, agua, certidumbre regulatoria y capacidad de infraestructura, además de un entorno global que podría mantenerse volátil. La trayectoria de la inflación y las decisiones de política monetaria serán clave: una baja ordenada en tasas podría aliviar el costo del crédito, aunque el espacio de maniobra dependerá del balance entre inflación, crecimiento y estabilidad financiera.

En el frente fiscal, el bajo crecimiento tiende a complicar la recaudación y a elevar la presión para priorizar gasto e inversión pública. Con necesidades sociales altas y compromisos de infraestructura, el margen suele estrecharse si la economía no acelera. Esto obliga a una discusión técnica sobre cómo impulsar la inversión productiva, elevar productividad y fortalecer el Estado de derecho, variables que con frecuencia terminan pesando más que los estímulos de corto plazo.

En síntesis, el cierre de 2025 evitó un escenario recesivo, pero no cambió el diagnóstico de fondo: México terminó el año con una economía sostenida por servicios y consumo, mientras industria y construcción mostraron debilidad. El desempeño abre 2026 con la urgencia de traducir oportunidades como el nearshoring en inversión efectiva y crecimiento más alto, sin descuidar la estabilidad macroeconómica.

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