Incertidumbre comercial de EE. UU. enfría la inversión en México: el costo ya ronda 17,400 mdd y el riesgo crece hacia 2026
La volatilidad en las reglas del comercio con Estados Unidos se traduce en proyectos pospuestos y mayor cautela empresarial, justo cuando se acerca la revisión del T-MEC.
La economía mexicana volvió a sentir en 2025 un golpe que suele ser silencioso pero persistente: la incertidumbre. No se trata únicamente de movimientos en mercados financieros o de titulares sobre aranceles, sino de decisiones corporativas que se detienen, se redimensionan o se reubican. De acuerdo con estimaciones de Oxford Economics elaboradas para la Cámara de Comercio Internacional, la volatilidad asociada a la política comercial de Estados Unidos recortó 6.8% la inversión en México frente a un escenario de mayor certidumbre, lo que equivale a alrededor de 17,400 millones de dólares que se dejaron de ejecutar o se pospusieron.
El fenómeno ocurre en un momento especialmente sensible para México: la economía sigue altamente integrada a las cadenas de valor norteamericanas —en particular en manufacturas como automotriz, autopartes, electrónica y equipo eléctrico— y depende del dinamismo del mercado estadounidense para sostener exportaciones, empleo formal y una parte relevante de la inversión privada. Cuando la política comercial en Washington cambia de dirección con frecuencia, el efecto se amplifica en el lado mexicano: se encarecen coberturas, se recalculan retornos, se difieren compras de maquinaria y se alargan calendarios de ampliación de plantas.
El reporte ubica el nivel de incertidumbre global de 2025 muy por encima de su promedio histórico y lo coloca incluso por encima de episodios como la crisis financiera de 2008 y la fase inicial de la pandemia. En este entorno, México aparece como una de las economías más expuestas dentro del conjunto analizado, por su dependencia del comercio exterior y por la sensibilidad de sus flujos de capital ante cambios en reglas de acceso al mercado estadounidense.
La advertencia central es prospectiva: si la incertidumbre vuelve a escalar en 2026, la inversión en México podría resentir una caída todavía mayor. En un escenario adverso, el ajuste sería de dos dígitos, con una pérdida adicional de decenas de miles de millones de dólares. El contraste es claro: si las reglas se vuelven más previsibles, México también podría ser de los principales beneficiarios por su cercanía logística con Estados Unidos, su capacidad manufacturera instalada y la red de tratados que le permite exportar con preferencia a múltiples mercados.
Este vaivén coincide con un calendario político-económico determinante: la revisión del T-MEC. Aunque el acuerdo ha sido un ancla institucional para el comercio regional, la sola posibilidad de cambios en capítulos clave —reglas de origen, solución de controversias, compras gubernamentales o disciplinas en sectores estratégicos— eleva el umbral de cautela para decisiones de largo plazo, especialmente en industrias intensivas en capital.
Al mismo tiempo, México enfrenta factores domésticos que interactúan con el choque externo. Las condiciones financieras continúan siendo restrictivas: aunque la inflación ha mostrado una trayectoria más controlada que en el pico de 2022-2023, el costo del crédito se mantuvo elevado durante un periodo prolongado y muchas empresas ajustaron planes de expansión. Adicionalmente, persisten retos estructurales que suelen aparecer en el due diligence de proyectos: disponibilidad y costo de energía, capacidad de infraestructura en cruces fronterizos, seguridad en corredores logísticos y certidumbre regulatoria para permisos.
Nearshoring: la oportunidad sigue, pero exige reglas claras y capacidad instalada
La narrativa del nearshoring no desapareció; se volvió más exigente. Muchas compañías continúan evaluando a México como plataforma de exportación hacia Estados Unidos por su proximidad, tiempos de entrega y experiencia manufacturera. Sin embargo, la diferencia entre “interés” y “inversión ejecutada” depende cada vez más de condiciones operativas concretas. En la práctica, la incertidumbre comercial puede transformar proyectos greenfield en expansiones más pequeñas, o incluso en esquemas de “esperar y ver” que priorizan contratos de corto plazo y flexibilidad. Para capturar la relocalización productiva, México necesita algo más que costos competitivos: requiere certidumbre en el marco del T-MEC, reglas regulatorias estables, energía suficiente y una agenda de infraestructura que reduzca cuellos de botella en aduanas, carreteras, puertos y redes ferroviarias.
La comparación con otros países del entorno ayuda a dimensionar el impacto. Canadá enfrenta un patrón similar por su vínculo con el mercado estadounidense, mientras que Estados Unidos, pese a ser el origen del giro comercial, amortigua parte del choque por la fuerza de su mercado interno y por el dinamismo de inversiones asociadas a tecnologías como inteligencia artificial y centros de datos. En contraste, México depende más del canal exportador y de la inversión orientada a manufactura de integración regional; por eso, una señal de política comercial puede repercutir con rapidez en decisiones sobre líneas de producción, compras de equipo e instalación de proveedores.
A escala global, el freno de inversión atribuido a la incertidumbre se cuenta en centenas de miles de millones de dólares. Para México, el punto crítico es la proporción: un ajuste de esta magnitud puede equivaler a una fracción relevante de la inversión fija anual y complica el objetivo de elevar el crecimiento potencial. La inversión es el componente que expande capacidad productiva; cuando se pospone, no solo se pierde gasto hoy, también se limita la productividad futura.
De cara a 2026, el mercado observará señales específicas: el tono y alcance de las conversaciones sobre el T-MEC, la definición de reglas arancelarias y de cumplimiento, y la claridad respecto a incentivos o restricciones sectoriales en Estados Unidos. En el plano interno, también pesará la capacidad del país para destrabar proyectos mediante permisos más previsibles, mejorar logística fronteriza y fortalecer condiciones para sectores intensivos en electricidad y agua. En suma, la conversación ya no es solo “cuánta inversión llega”, sino “cuánta inversión se concreta y en qué plazos”.
En perspectiva, el mensaje que deja 2025 es que la incertidumbre tiene un costo cuantificable: menos proyectos ejecutados y más cautela en la ampliación de capacidad. Si la revisión del T-MEC y la política comercial de Estados Unidos logran mayor previsibilidad, México podría reactivar inversión por su ventaja geográfica e integración industrial; si no, el freno puede prolongarse y afectar el crecimiento de mediano plazo.