Aduanas recaudan menos pese al repunte del comercio: presión para Hacienda al inicio de 2026
El incremento de exportaciones e importaciones no se reflejó en los ingresos aduaneros, en medio de ajustes operativos, tipo de cambio y mayor fiscalización.
La recaudación en aduanas arrancó 2026 con una señal de enfriamiento: en el primer bimestre, los ingresos asociados al comercio exterior retrocedieron en términos reales, aun cuando el flujo de mercancías mantuvo un avance de doble dígito. La divergencia entre mayor actividad comercial y menor captación tributaria vuelve a poner el foco en la eficiencia del sistema aduanero y en la sensibilidad de estos ingresos a variables como el tipo de cambio, la mezcla de importaciones y los cambios regulatorios.
De acuerdo con cifras oficiales, entre enero y febrero las aduanas captaron 207,591 millones de pesos, por debajo de los 229,717 millones del mismo periodo del año previo. En paralelo, el intercambio comercial mostró dinamismo: las exportaciones e importaciones crecieron a tasa anual en los primeros dos meses del año. En un país donde la manufactura de exportación y las cadenas integradas con Estados Unidos suelen marcar el pulso de la actividad, el dato sugiere que el problema no está en la cantidad de operaciones, sino en lo que efectivamente se grava, se valora y se cobra.
El ajuste se concentró en los principales componentes de recaudación: el IVA cobrado en aduanas registró una caída real relevante y el IEPS asociado a mercancías importadas retrocedió con mayor fuerza. Este comportamiento suele estar ligado a varios factores: cambios en precios internacionales de energéticos y ciertos bienes gravados, variaciones en volúmenes y composición (más insumos intermedios con tratamientos específicos y menos bienes finales gravados), así como estrategias de fiscalización que, en el corto plazo, pueden retrasar el despacho o detonar revisiones que difieren el momento del pago.
El debilitamiento también fue amplio geográficamente. Una mayoría de aduanas reportó menores ingresos, incluyendo algunos de los nodos más importantes de la red logística del país. Esto sugiere un fenómeno más extendido que un problema aislado de una sola región o de un solo puerto, y abre preguntas sobre la capacidad operativa y la coordinación institucional en un entorno con mayor carga administrativa.
Para las finanzas públicas, el dato tiene un peso particular: una porción significativa de la recaudación tributaria nacional está asociada a operaciones aduaneras. En un contexto donde el gobierno busca sostener programas sociales, inversión pública e infraestructura, cualquier desliz en esta fuente de ingresos puede traducirse en mayor presión sobre el balance fiscal, especialmente si la desaceleración coincidiera con una menor recaudación interna o con un costo financiero elevado por tasas aún restrictivas.
Además, el inicio de 2026 coincide con una transición en el liderazgo de la autoridad aduanera, en medio de señalamientos y esfuerzos por contener prácticas de evasión como la subvaluación, la triangulación y el llamado “huachicol fiscal”. Los cambios de mando en una institución operativa suelen venir acompañados de reacomodos, nuevas prioridades y periodos de ajuste que pueden impactar la velocidad de los procesos y, por lo tanto, la oportunidad del cobro.
El reto se vuelve más exigente si se observa la ambición plasmada en los planes de ingresos para 2026, que contemplan un incremento notable en la captación por conceptos vinculados a importaciones. Con una economía que depende de insumos importados para producir bienes de exportación, elevar la recaudación sin frenar el comercio exige una combinación fina: controles más efectivos contra la evasión, pero procedimientos suficientemente ágiles para no encarecer ni retrasar la logística.
Tipo de cambio, valuación y “mezcla” de importaciones: por qué puede caer el cobro aun con más operaciones
Una explicación recurrente detrás de la caída de ingresos aduaneros, aun con más comercio, es la interacción entre tipo de cambio, valuación de mercancías y composición de lo importado. Si el peso se aprecia frente al dólar estadounidense, el valor en pesos de bienes cotizados en dólares puede disminuir, reduciendo la base gravable del IVA y otros impuestos, incluso cuando el volumen físico de importaciones crece. A ello se suma que un aumento en importaciones de bienes intermedios o maquinaria para cadenas manufactureras —a menudo con tratamientos, acreditamientos o dinámicas fiscales distintas— puede generar menos recaudación inmediata que un repunte equivalente en bienes finales de consumo con mayor carga tributaria. Finalmente, cuando la autoridad endurece revisiones de valor en aduana, clasificación arancelaria u origen, el cobro puede diferirse mientras se resuelven rectificaciones, garantías o litigios, afectando el flujo de ingresos del periodo aunque la actividad permanezca elevada.
En el ámbito operativo, el endurecimiento de la vigilancia y las reformas recientes para digitalizar y reforzar trazabilidad apuntan a cerrar brechas de evasión. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que el tránsito hacia modelos más estrictos suele generar fricciones al inicio: más requerimientos documentales, más inspecciones y más sanciones potenciales elevan el costo de cumplimiento para importadores y agentes logísticos. Si a esto se agrega una capacidad limitada para procesar revisiones —por ejemplo, por falta de personal especializado o menor número de agentes aduanales— el sistema puede volverse menos eficiente en el corto plazo.
Para el sector privado, la lectura es doble. Por un lado, mayor certidumbre y combate a prácticas ilegales puede nivelar el terreno competitivo. Por otro, si los cuellos de botella persisten, el riesgo es que aumenten tiempos de despacho, costos logísticos y, en consecuencia, precios finales o pérdida de competitividad en cadenas integradas. En una coyuntura donde México busca consolidar inversión ligada al nearshoring y fortalecer su papel en manufacturas de Norteamérica, el desempeño aduanero se vuelve un factor de competitividad, no solo de recaudación.
Hacia adelante, el seguimiento estará en si la recaudación se normaliza conforme se estabilicen procesos, se consolide la coordinación entre autoridades y se traduzca el mayor control en cobros efectivos sin afectar el flujo comercial. También será clave observar si la evolución del tipo de cambio y de los precios internacionales —particularmente energéticos— modifica la base gravable en los próximos meses, y si la autoridad logra reducir evasión sin trasladar costos excesivos a las cadenas productivas.
En síntesis, el arranque de 2026 muestra que más comercio no garantiza más ingresos aduaneros: la eficiencia operativa, la mezcla de importaciones, la fiscalización y el tipo de cambio pueden alterar la recaudación. Para Hacienda, el desafío es sostener una fuente crítica de recursos sin frenar la dinámica exportadora que apunta el crecimiento económico del país.





