El pago sin contacto se acelera en México y empuja una nueva ola de cobros desde el celular
El auge de contactless y “tap to phone” está reduciendo la dependencia de terminales y ampliando la aceptación de tarjeta en micronegocios.
La forma de pagar en México está cambiando a gran velocidad: el uso de pagos sin contacto (contactless) pasó de ser marginal a convertirse en una práctica cada vez más habitual entre consumidores que privilegian rapidez y conveniencia. En un entorno donde la digitalización financiera avanza, un estudio de Visa indica que hace dos años apenas 2% de las personas utilizaba esta modalidad y hoy la cifra ronda 30%, una señal de adopción acelerada que ya empieza a modificar la infraestructura de cobro en comercios.
El dinamismo se observa también en el volumen total de operaciones con tarjeta. En 2025 se registraron 11,261 millones de pagos con tarjeta de crédito y débito en el país, un crecimiento de 14% anual. En el primer trimestre del año, se contabilizaron 2,810 millones de pagos con tarjeta, de acuerdo con datos del Banco de México (Banxico), lo que confirma que el consumo transaccional sigue migrando desde el efectivo hacia medios digitales, particularmente en segmentos urbanos y en comercios de alta rotación.
Este cambio no solo es tecnológico: responde a una economía donde los hogares enfrentan decisiones de gasto más cuidadosas —por la persistencia de presiones de precios en servicios, el costo del crédito y la desaceleración global—, al tiempo que buscan experiencias de compra ágiles. Para los negocios, la velocidad en la fila y la disponibilidad de métodos de pago se vuelve un factor competitivo: aceptar tarjeta puede significar cerrar una venta que antes se perdía por falta de efectivo o por no contar con terminal.
La siguiente etapa de esa transformación es “tap to phone” (o “tap to pay” en celular): convertir un smartphone en punto de cobro con solo acercar la tarjeta o dispositivo del cliente, reduciendo la dependencia de terminales físicas y de algunos costos asociados a su operación. En un país donde predominan micronegocios y autoempleo, la promesa es clara: bajar barreras de entrada para cobrar con tarjeta y ampliar la aceptación en establecimientos de barrio, tienditas y comercios ambulantes formales.
Stori se sumó a esta tendencia con una solución integrada a su aplicación, orientada a clientes que requieren una alternativa más accesible que las terminales tradicionales. La empresa señala que, de sus más de cinco millones de usuarios, alrededor de medio millón se identifica como microempresario, un grupo para el cual la posibilidad de cobrar desde el celular puede traducirse en mayor captación de recursos en cuentas y más ventas por conveniencia. La firma permite pagos de hasta 1,000 pesos bajo esta modalidad, apostando a que la herramienta se use con alta frecuencia en negocios de operación diaria.
Clip, por su parte, también incorporó un lanzamiento similar dentro de un ecosistema que combina soluciones digitales y terminales. Esta expansión se alinea con iniciativas impulsadas por Visa para ampliar la aceptación de pagos con tarjeta en pymes; el objetivo declarado es sumar cientos de miles de negocios. En los primeros meses de operación del programa, los participantes registraron ventas mensuales cercanas a 16,909 pesos, con un ticket promedio de 464 pesos, métricas que ilustran el perfil de consumo típico en comercios de conveniencia y servicios de baja denominación.
Además de estas plataformas, otras instituciones y agregadores han habilitado funciones de cobro desde el celular en sus aplicaciones, entre ellas Mercado Pago, Banorte, Afirme, Banco Azteca y Grupo Financiero Multiva. El avance ocurre en paralelo a un sistema financiero que, aunque ha mejorado su infraestructura digital, todavía enfrenta retos estructurales: niveles de informalidad elevados, disparidad regional en conectividad, educación financiera heterogénea y costos de aceptación que pueden pesar en negocios de margen reducido.
Menos efectivo, más trazabilidad: oportunidades y fricciones para micronegocios
La expansión de pagos digitales trae implicaciones económicas de mayor alcance. Para micronegocios, aceptar pagos con tarjeta desde el teléfono puede significar mejor control de ingresos, conciliación más simple y acceso potencial a productos financieros basados en flujo (como crédito o cuentas con rendimientos), en un país donde el financiamiento a pequeñas unidades económicas suele ser limitado. Sin embargo, también introduce fricciones: comisiones por transacción, dependencia de conectividad, riesgo de contracargos y la necesidad de gestionar devoluciones o aclaraciones. A nivel macro, una mayor trazabilidad de pagos puede contribuir a formalización gradual, pero el efecto dependerá de incentivos, cargas regulatorias y de que los beneficios (más ventas, acceso a crédito, seguridad) superen los costos percibidos por los negocios.
El contexto regulatorio y de seguridad también importa. La adopción de contactless y cobros móviles ocurre en un mercado donde la confianza en medios digitales crece, pero coexisten fraudes y suplantaciones. Por ello, el despliegue de tecnología de pagos suele venir acompañado de autenticación, tokenización, límites operativos y monitoreo de transacciones, al tiempo que el consumidor demanda experiencias fluidas sin sacrificar protección. Para los adquirentes y bancos, el reto será equilibrar mayor aceptación con controles que no frenen el uso cotidiano.
Hacia adelante, la presión competitiva entre emisores, adquirentes, fintech y comercios podría acelerar la reducción de costos y la innovación en servicios de valor agregado (inventarios, facturación, lealtad, crédito). Si la tendencia se mantiene, el “tap to phone” puede convertirse en un puente para llevar pagos electrónicos a segmentos donde la terminal era un obstáculo financiero o logístico, especialmente en economías locales con alta rotación de efectivo y tickets pequeños.
En síntesis, el salto de los pagos sin contacto y el avance del cobro desde el celular confirman una transición del consumo hacia lo digital, con beneficios potenciales para ventas, eficiencia y bancarización; su consolidación dependerá de costos, conectividad y confianza en la seguridad del ecosistema.