Banxico ajustará los metales de la moneda de 10 pesos desde 2026: ahorro industrial y señal sobre el costo de los insumos
La moneda de 10 pesos, una de las piezas más utilizadas en transacciones cotidianas, cambiará su composición a partir de febrero de 2026. La modificación —publicada en el Diario Oficial de la Federación— abre la puerta a nuevas combinaciones de materiales para el centro y el anillo de la moneda, con el objetivo explícito de reducir costos de acuñación, modernizar procesos y mantener estándares de durabilidad y seguridad en el circulante.
El detonante económico detrás del ajuste es el encarecimiento de insumos metálicos, especialmente del cobre, componente principal de la aleación conocida como alpaca plateada. En los últimos años, el precio internacional de ese metal se ha movido al alza por una combinación de factores: demanda asociada a electrificación (redes, vehículos eléctricos), restricciones de oferta en algunos países productores y mayores costos energéticos. Para un emisor de moneda, estos movimientos no son anecdóticos: si el metal sube, también lo hace el costo unitario de cada pieza, y el margen para sostener la producción sin presiones presupuestales se estrecha.
De acuerdo con la reforma aprobada, el núcleo de la moneda de 10 pesos podrá fabricarse con plata sterling, alpaca plateada o acero recubierto de níquel; mientras que el anillo exterior podrá ser de bronce-aluminio o acero recubierto de bronce. El diseño busca conservar características físicas clave —peso, resistencia, apariencia y compatibilidad con máquinas—, pero con mayor flexibilidad para elegir insumos y con alternativas menos expuestas a la volatilidad de ciertos metales.
En la práctica, el cambio se inserta en una tendencia global: varias casas de moneda han migrado hacia aceros recubiertos (plated steel) para abaratar producción sin sacrificar la vida útil de las piezas. En México, la medida se apoya en evaluaciones técnicas sobre desempeño frente a desgaste y corrosión, elementos relevantes en un país donde el efectivo sigue siendo ampliamente usado en transporte, pequeños comercios y pagos de bajo monto.
El ajuste tampoco llega solo. El propio Banco de México ha venido introduciendo modificaciones graduales en otras denominaciones: ya circulan monedas de 1 peso con acero recubierto de bronce, y para 2026 se prevé aplicar esquemas similares en 2 y 5 pesos. La lógica es industrial y fiscal: la técnica de electrochapado permite usar un sustrato más barato con una capa externa que mantiene el aspecto tradicional, al tiempo que se elevan eficiencias y se reduce consumo de recursos en el proceso productivo.
Desde la óptica macroeconómica, la decisión no altera el valor nominal de las monedas ni implica un cambio en el poder adquisitivo por sí misma. Sin embargo, sí refleja un reto más amplio de la economía mexicana: el impacto que tienen los precios internacionales de materias primas y la logística global sobre costos internos, incluso en rubros que suelen pasar desapercibidos. Con una economía altamente integrada a cadenas de suministro y con finanzas públicas que buscan optimizar gasto operativo, recortar el costo de acuñación puede parecer marginal, pero suma en un contexto de presión por mayor eficiencia del Estado.
También hay una dimensión operativa para comercios y usuarios: durante el periodo de transición coexistirán piezas de 10 pesos con distintas composiciones, todas válidas para pagos. La clave, para evitar confusiones, será la comunicación institucional y la consistencia en medidas antifalsificación. En años recientes, el desafío de la falsificación se ha sofisticado, y el uso de materiales y recubrimientos puede facilitar la incorporación de rasgos técnicos adicionales sin alterar la experiencia del usuario.
En perspectiva, el cambio de metales en la moneda de 10 pesos confirma que la política monetaria no sólo se expresa en tasas de interés o en el control de la inflación: también se materializa en decisiones industriales sobre cómo producir dinero físico de manera más eficiente. Si la volatilidad de insumos persiste, es probable que la estrategia de flexibilidad de materiales se consolide como norma para nuevas emisiones, manteniendo el equilibrio entre costo, durabilidad y seguridad del circulante.
En síntesis, México avanza hacia monedas más baratas de producir sin modificar su valor, impulsado por el encarecimiento de metales y por la búsqueda de procesos industriales más eficientes. El reto será gestionar la transición con claridad para el público y reforzar los estándares de seguridad, mientras el país sigue navegando un entorno global donde los costos de materias primas pueden cambiar rápidamente.





