Desaceleración en Estados Unidos pone a prueba el ritmo de la economía mexicana en 2026
El menor crecimiento de Estados Unidos en el cierre de 2025 reconfigura expectativas para México, presionando exportaciones e industria, mientras el consumo y la inversión buscan sostén interno.
El enfriamiento del crecimiento en Estados Unidos hacia el cierre de 2025 —con una expansión anualizada menor a la esperada en el cuarto trimestre y un avance de 2.2% en todo el año— vuelve a colocar a México frente a un escenario conocido: cuando la mayor economía del mundo pierde tracción, el principal socio comercial resiente el ajuste a través del comercio, la producción manufacturera y, con cierto rezago, el empleo formal vinculado a exportaciones.
Para México, el dato estadounidense no es un simple indicador externo. La integración productiva, especialmente en sectores como automotriz, autopartes, equipo eléctrico y electrónica, hace que cambios relativamente pequeños en la demanda de Estados Unidos se transmitan a órdenes de compra, utilización de capacidad y decisiones de inventarios en plantas ubicadas en el Bajío, el norte y el corredor industrial del centro.
En el corto plazo, el impacto no es necesariamente lineal: la desaceleración reportada en el gasto público y exportaciones de Estados Unidos, junto con un consumo más moderado, contrasta con señales de inversión más resistente. Para México, esto sugiere una mezcla de riesgos: menor dinamismo en ciertos bienes de consumo duradero, pero oportunidades para proveedores integrados a cadenas donde la inversión y la relocalización de procesos (nearshoring) sigan avanzando.
El mercado también suele traducir estos episodios en volatilidad cambiaria. Un crecimiento menor al previsto en Estados Unidos puede mover expectativas sobre tasas de interés, apetito por riesgo y flujos hacia emergentes, con efectos en el tipo de cambio del peso frente al Dólar estadounidense. Aunque el peso ha mostrado periodos de fortaleza apoyado por diferenciales de tasas y entradas financieras, una fase prolongada de menor crecimiento o incertidumbre política en el exterior puede amplificar movimientos de corto plazo.
Comercio, manufactura y remesas: los canales clave para México
El primer canal es el comercio exterior: la economía mexicana depende de la demanda estadounidense para una parte sustancial de sus exportaciones manufactureras. Si la desaceleración se profundiza, es común observar ajustes en producción industrial, horas trabajadas y, eventualmente, en contrataciones formales en actividades ligadas a exportación. El segundo canal son las remesas, que en años recientes han sido un soporte relevante del ingreso disponible en múltiples estados; un mercado laboral estadounidense menos dinámico puede moderar su crecimiento, sin implicar necesariamente una caída inmediata. El tercer canal es financiero: cambios en expectativas de inflación y tasas en Estados Unidos alteran el costo de financiamiento, la valuación de activos y el balance de riesgos para economías emergentes.
De cara a 2026, el reto para México es sostener motores internos sin descuidar estabilidad. El consumo privado ha mostrado resiliencia cuando el empleo y los salarios reales acompañan, pero enfrenta límites si se encarecen el crédito o ciertos bienes importados. En inversión, el potencial asociado a relocalización convive con obstáculos persistentes: disponibilidad de energía, infraestructura logística, seguridad y certidumbre regulatoria. El resultado probable es un crecimiento heterogéneo por regiones, donde polos exportadores y estados con mejor conectividad capturen más beneficios, mientras otros dependan en mayor medida de servicios y gasto local.
En el frente monetario, Banco de México se mantiene como un ancla central para el control inflacionario. Un entorno externo menos dinámico puede aliviar presiones de demanda, pero no elimina riesgos de oferta o choques puntuales en energéticos y alimentos. El balance para la política monetaria suele moverse entre cuidar la convergencia de inflación hacia la meta y evitar un apretamiento que enfríe de más a la actividad, especialmente si el ciclo estadounidense pierde fuerza.
Para el sector público, el menor crecimiento en el exterior también obliga a leer con cuidado los ingresos y la planeación financiera. Si la producción industrial y el comercio se moderan, algunos rubros de recaudación pueden perder impulso, lo que vuelve más relevante la calidad del gasto, la eficiencia recaudatoria y el manejo prudente de los balances, particularmente en un entorno donde los mercados castigan señales de deterioro fiscal.
En síntesis, la desaceleración estadounidense al cierre de 2025 no determina por sí sola el desempeño mexicano, pero sí eleva la sensibilidad de México a cambios en comercio, inversión y condiciones financieras. La economía mexicana llega con fortalezas —integración exportadora, sectores competitivos y una política monetaria enfocada en la inflación— y con retos estructurales que condicionan el aprovechamiento del nearshoring y la capacidad de crecer de forma sostenida.
Observación final: si Estados Unidos entra en una fase de crecimiento más moderado, México tendrá que apoyarse más en inversión productiva, mejoras de productividad e infraestructura para amortiguar el ciclo externo, manteniendo disciplina macroeconómica para reducir la volatilidad.





