Reforma en la OMC: un debate que vuelve a presionar a México en medio de nuevas tensiones comerciales
El llamado de la directora general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Ngozi Okonjo-Iweala, para acelerar una reforma “urgente” del organismo volvió a poner sobre la mesa un tema que, aunque suene distante, tiene implicaciones directas para economías abiertas como la mexicana. Para México —altamente integrado a cadenas de suministro globales y dependiente del comercio exterior— la solidez de reglas multilaterales y mecanismos eficaces de solución de controversias no es un asunto diplomático: es un componente clave de certidumbre para exportadores, importadores e inversionistas.
La advertencia llega en un momento de mayor fricción comercial global y de fragmentación de reglas, con países reforzando políticas industriales, revisando subsidios y elevando barreras no arancelarias. Además, la parálisis del Órgano de Apelación de la OMC desde 2019 —derivada del bloqueo de Estados Unidos al nombramiento de jueces— ha debilitado la capacidad del sistema para dar salidas predecibles a disputas. En términos prácticos, esto abre espacio para que controversias se alarguen o se “resuelvan” con medidas unilaterales, elevando costos para empresas que operan en múltiples mercados.
Para México, el impacto potencial se concentra en tres frentes. El primero es la exposición exportadora: la manufactura —particularmente automotriz, eléctrica-electrónica y maquinaria— depende de reglas claras sobre aranceles, origen y trato no discriminatorio. Cuando el marco multilateral pierde fuerza, crece el riesgo de decisiones aduaneras imprevisibles, cambios súbitos de requisitos y represalias cruzadas que alteran planes de producción y logística. El segundo es la inversión: buena parte de los flujos que han acompañado el “nearshoring” se apoyan en la idea de un comercio relativamente estable; si aumenta el ruido regulatorio o arancelario, la evaluación de riesgos se encarece. El tercero es la inflación importada: choques comerciales globales pueden traducirse en mayores costos de insumos, presionando precios al productor y, con rezago, al consumidor.
En este contexto, la agenda mexicana enfrenta un equilibrio delicado. Por un lado, el país tiene un ancla regional muy poderosa en el T-MEC, que ofrece reglas específicas y un marco de solución de controversias propio. Por el otro, muchas cadenas productivas mexicanas no se limitan a Norteamérica: interactúan con Asia y Europa, y dependen de disciplinas multilaterales sobre facilitación comercial, estándares y trato a subsidios. Un debilitamiento adicional de la OMC implicaría un mundo más “bilateralizado” o por bloques, donde las economías medianas deben dedicar más recursos a defender acceso a mercados y a navegar requisitos cambiantes.
El debate sobre reformar la OMC también se cruza con la discusión tecnológica. Okonjo-Iweala mencionó la velocidad de cambio asociada a la Inteligencia Artificial y tecnologías cuánticas. Para México, esto conecta con retos internos: elevar productividad, digitalizar aduanas y logística, y crear condiciones regulatorias para integrarse a nuevas cadenas de valor de alto contenido tecnológico. En una economía donde la competitividad depende tanto de costos como de tiempos de cruce fronterizo, infraestructura y cumplimiento, la actualización de reglas globales sobre comercio digital, datos, servicios y propiedad intelectual puede convertirse en ventaja o rezago, dependiendo de qué tan rápido se adapte el país.
En los próximos meses, el ruido externo seguirá influyendo en el tipo de cambio, el apetito por riesgo y la planeación corporativa. En un entorno de tasas aún elevadas respecto a la última década y con crecimiento moderado, México necesita minimizar fuentes de incertidumbre. Si el sistema multilateral se erosiona, las empresas que importan insumos o exportan manufacturas podrían enfrentar más costos de cumplimiento y mayor volatilidad en precios, con efectos indirectos sobre empleo y recaudación.
Observación final: la reforma de la OMC no es un tema abstracto para México; es parte del “andamiaje” de certidumbre que permite comerciar e invertir con reglas previsibles. En un mundo con más tensiones y con avances tecnológicos acelerados, fortalecer mecanismos de solución de disputas y modernizar disciplinas comerciales puede reducir riesgos para la economía mexicana, aun cuando el país siga apoyándose en acuerdos regionales como su principal red de protección.





