México amortigua el nuevo ciclo de aranceles de EE.UU.; impacto acotado, pero con focos amarillos para cadenas y costos

México ha sorteado con relativa eficacia la reactivación arancelaria de Estados Unidos bajo la nueva administración en Washington. De acuerdo con estimaciones del Peterson Institute for International Economics, los importadores estadounidenses pagaron 7,552 millones de dólares en gravámenes asociados a mercancías provenientes de México durante el primer semestre de 2025, alrededor de 8% de lo recaudado por el fisco estadounidense en ese periodo. La cifra es moderada si se considera que México se mantiene como principal socio comercial de EE.UU., lo que sugiere que la integración productiva y el amparo del T-MEC han funcionado como amortiguadores.
El dinamismo de la “caja” del Tesoro refleja el carácter tributario de los aranceles: son impuestos que desembolsan empresas en Estados Unidos y que, en buena medida, se trasladan a precios o a menores márgenes. Entre los grandes socios, Canadá aportó 2,692 millones de dólares (2.8% del total), mientras que China concentró la mayor carga con 42,233 millones (45% de la recaudación) en los primeros seis meses de 2025. En conjunto, los aranceles generaron cerca de 100,000 millones de dólares al Tesoro hasta junio, monto significativo pero insuficiente para mover de forma sustantiva un déficit fiscal estadounidense aún abultado.
Para México, el impacto agregado luce contenido por tres factores: la cercanía geográfica, el grado de integración de las cadenas de valor norteamericanas y la cobertura que brindan las reglas de origen del T-MEC. Buena parte de las exportaciones manufactureras —automotriz, equipo eléctrico y electrónico, maquinaria— cumple con contenido regional, lo que limita la exposición a tarifas punitivas. En contraste, Estados Unidos ha aplicado gravámenes más altos a productos que incumplen las reglas, con tasas de referencia cercanas a 25% para automóviles y autopartes fuera de especificación, y de hasta 50% en insumos sensibles como acero, aluminio y cobre.
En el frente político, la interlocución entre la administración federal mexicana y la Casa Blanca ha privilegiado la cooperación en temas de migración, seguridad en la frontera y combate al tráfico de fentanilo, lo que ha ayudado a contener tensiones comerciales. Este tono contrasta con el deterioro observado entre Washington y Ottawa, que ya derivó en medidas de represalia canadienses, y con el mayor escrutinio sobre las exportaciones chinas, hoy las más castigadas por tarifas generalizadas.
Aun así, persisten riesgos operativos para empresas que producen en México. La mayor vigilancia sobre origen y trazabilidad —ante sospechas de desvío o triangulación de insumos asiáticos— encarece el cumplimiento normativo y puede ralentizar flujos en aduanas. Sectores como metalmecánico, químico y electrónico, con cadenas complejas y alto contenido importado, son particularmente sensibles a cambios en valuación aduanera o a sanciones por reglas de origen. En automotriz, el cumplimiento fino de contenido regional y valor de contenido laboral sigue siendo clave para evitar saltos de tarifa.
En la macroeconomía doméstica, los aranceles estadounidenses agregan un componente de presión de costos a través de insumos intermedios más caros y tiempos logísticos más largos, aunque el traspaso a precios en México depende del tipo de cambio, la competencia sectorial y la posición cíclica. Con la inflación general moderándose respecto a los picos de 2022 y una postura monetaria aún restrictiva por parte de Banxico, un repunte sostenido de costos externos podría complicar el ritmo de recortes de tasa. El peso mexicano, sensible a episodios de aversión al riesgo global y a noticias sobre comercio, seguirá actuando como amortiguador, pero su volatilidad podría recalentar estrategias de cobertura en manufactura exportadora.
La coyuntura también reconfigura oportunidades. El nearshoring mantiene el interés de inversionistas que buscan acortar cadenas y asegurar acceso preferencial a Norteamérica. Para capitalizar ese flujo, México necesita acelerar soluciones en energía, agua y permisos, así como reforzar la capacidad de cruces fronterizos. La revisión del T-MEC en 2026 añade un incentivo para brindar certidumbre regulatoria y resolver fricciones pendientes —incluidas las consultas en materia energética— antes de que escalen a disputas formales.
Mirando adelante, si bien México aparece entre los socios que mejor han contenido el costo arancelario de Estados Unidos, el balance es frágil y depende del cumplimiento estricto del T-MEC, de un diálogo político fluido y de mejoras en infraestructura. Persisten focos amarillos para insumos industriales y para empresas con cadenas complejas. La oportunidad de ganar contenido regional existe, pero exige inversión, trazabilidad impecable y certidumbre regulatoria de cara a la revisión del Tratado.
En síntesis: México ha amortiguado la nueva ola arancelaria gracias a su integración productiva y al paraguas del T-MEC, pero no está exento de riesgos. La vigilancia sobre reglas de origen, los costos de cumplimiento y la próxima revisión del Tratado serán determinantes para que el país convierta la coyuntura en una ventaja competitiva sostenible.