México y el crecimiento que no llega: señales y causas de una economía atrapada en el estancamiento
México combina récords de comercio e ingresos, pero su bajo avance de productividad e inversión limita el crecimiento del PIB per cápita.
México lleva más de dos décadas con una promesa recurrente: “ahora sí” despegará el crecimiento. Han pasado reformas, cambios de modelo, aperturas y ajustes en política pública; aun así, el desempeño promedio del PIB se mantiene moderado y, lo más relevante, insuficiente para transformar con rapidez el nivel de vida de una población que sigue aumentando. El resultado es una sensación persistente de avance lento: hay sectores modernos e integrados al mundo conviviendo con un mercado interno de baja productividad y alta informalidad.
El fenómeno suele describirse como una “trampa de estancamiento”: no es una recesión clásica que se revierte con un rebote, sino un equilibrio de bajo crecimiento donde la inversión no escala, la productividad total avanza poco y el capital humano no se traduce en mayor valor agregado. En ese contexto, el país puede exhibir cifras sobresalientes —como altos flujos de remesas o una recaudación fiscal histórica del SAT— sin que eso se convierta automáticamente en una mejora generalizada del ingreso por habitante.
Las tensiones se vuelven más visibles cuando se contrasta el crecimiento económico con el demográfico. Aunque el PIB avanza, lo hace a un ritmo que compite con el aumento de la población y con nuevas demandas de infraestructura, servicios públicos, vivienda y empleo formal. De ahí que el debate no sea solo cuánto crece el PIB, sino si crece lo suficiente para acelerar el PIB per cápita y cerrar brechas regionales.
En paralelo, el país registra señales que, en teoría, deberían respaldar un mejor desempeño: México se mantiene como un socio comercial crucial para Estados Unidos y su plataforma manufacturera sigue siendo relevante en sectores como automotriz, autopartes, electrónica y dispositivos médicos. Aun así, el “arrastre” exportador no ha logrado, por sí solo, elevar de forma sostenida la productividad del conjunto de la economía ni generar un salto de inversión de largo plazo en todo el territorio.
El cuello de botella: inversión, Estado de Derecho e informalidad
El principal freno no parece estar en la falta de integración externa, sino en los obstáculos internos que encarecen producir, invertir y crecer. La inversión fija —pública y privada— ha sido irregular, y cuando no se expande con continuidad limita la modernización de infraestructura, la adopción tecnológica y la formación de capacidades. A ello se suma un entorno donde la certidumbre jurídica y la seguridad pública pesan en decisiones empresariales: proyectos que requieren horizontes de 10 a 20 años se vuelven más difíciles de justificar si hay dudas sobre reglas, permisos, costos de cumplimiento o protección efectiva de contratos.
Otro componente es la informalidad laboral, que reduce productividad, recaudación y acceso a financiamiento, y perpetúa una economía de baja escala. Un mercado laboral segmentado —con una parte formal relativamente integrada y otra amplia en condiciones precarias— tiende a desacoplar el crecimiento exportador del bienestar general. En términos prácticos: el país puede exportar más, pero si no crece el empleo formal y la productividad del mercado interno, el avance social se vuelve lento.
La capacidad del sector público para detonar inversión también es determinante. Cuando el presupuesto prioriza gasto corriente y transferencias sobre inversión física bien ejecutada, se limita el efecto multiplicador en productividad futura. Esto no implica que la política social sea irrelevante, sino que, sin un componente fuerte de infraestructura, logística, energía y educación técnica, el crecimiento potencial queda acotado.
El debate actual sobre cómo salir de esta trampa se concentra en reactivar motores internos. En el corto plazo, el ciclo de tasas de interés y el costo del crédito influyen en consumo e inversión; pero el corazón del problema es estructural. Para cambiar la trayectoria se requeriría una combinación de mayor inversión como proporción del PIB, mejoras en capital humano, competencia efectiva en mercados clave, un marco regulatorio estable y un fortalecimiento institucional que reduzca riesgos para el capital productivo.
El “nearshoring” aparece como una oportunidad real: la reconfiguración de cadenas de suministro, junto con la proximidad al mercado de Estados Unidos, puede atraer proyectos manufactureros y logísticos. Sin embargo, su alcance depende de condiciones locales: disponibilidad de energía confiable, agua, parques industriales, transporte, seguridad y una fuerza laboral con habilidades técnicas. También existe el riesgo de que la ola se concentre en pocas regiones del norte y el Bajío, ampliando brechas con el sur si no se acompaña de políticas de conectividad y formación de talento.
En ese sentido, un acuerdo comercial como el T-MEC puede funcionar como “ancla” de acceso preferencial y reglas, pero no sustituye las reformas microeconómicas y la ejecución pública que elevan la productividad. El reto de fondo es convertir ventajas externas —integración comercial, ubicación, experiencia manufacturera— en ganancias internas: más proveedores nacionales competitivos, más innovación, más inversión en tecnología y una expansión sostenida del empleo formal.
Hacia adelante, las señales de una salida del estancamiento serían claras: varios años con crecimiento por encima de 3% impulsado por inversión y productividad; un aumento visible de la inversión en infraestructura y capital humano; reducción de informalidad; mejoras en indicadores institucionales y, finalmente, un avance más rápido del ingreso per cápita. Sin ese conjunto, México podría seguir acumulando “récords” en variables puntuales sin romper el techo del crecimiento.
En perspectiva, México no enfrenta un solo problema, sino una combinación de baja inversión, productividad estancada e incertidumbre que limita la transformación del boom comercial en bienestar amplio; el desafío es alinear instituciones, infraestructura y talento para que el crecimiento se vuelva sostenido e incluyente.