Remesas en retroceso: once meses a la baja encienden alertas sobre consumo y empleo
La caída sostenida de remesas refleja un entorno laboral más frágil en Estados Unidos y presiona a hogares mexicanos que dependen de esos recursos.
Los flujos de remesas hacia México mantuvieron su tendencia negativa y sumaron once meses consecutivos de descensos, de acuerdo con cifras del Banco de México (Banxico). En febrero, el número de envíos reportó una reducción anual de 3.2% y, en términos de monto, el país captó 4,468.2 millones de dólares (USD), su nivel más bajo desde febrero del año previo, en un periodo que suele resentir efectos de calendario por contar con menos días.
Más allá del factor estacional, el comportamiento reciente se interpreta como una señal de enfriamiento en la capacidad de envío de los trabajadores mexicanos en el exterior, en un contexto donde la actividad económica y el mercado laboral de Estados Unidos han mostrado episodios de moderación. Análisis del sector financiero han señalado que, junto con la menor creación de empleo y el ajuste en indicadores de desempleo, también influyen condiciones de mayor escrutinio migratorio que tienden a elevar la cautela y el costo —económico y emocional— de operar y moverse con normalidad.
En febrero, la remesa promedio fue de 395 dólares, 3.7% superior a la observada en el mismo mes de 2024. Este incremento del ticket promedio sugiere que una parte de los remitentes está compensando con montos mayores, pero no lo suficiente como para revertir el descenso total: menos envíos y un crecimiento limitado por remitente terminan presionando el acumulado.
La relevancia macroeconómica de las remesas para México es amplia: además de sostener el consumo de millones de hogares, suelen funcionar como amortiguador en regiones con alta informalidad y escasa generación de empleo formal. Por ello, una racha prolongada de caídas puede trasladarse a menor dinamismo del comercio local, servicios y construcción ligera, especialmente en entidades donde estos recursos pesan más en el ingreso disponible.
Impacto en el consumo local y en la estabilidad del ingreso familiar
Cuando las remesas se debilitan, el primer canal de transmisión suele ser el consumo cotidiano: alimentos, renta, transporte, salud y educación. En muchas comunidades, estos recursos no sólo complementan el ingreso, sino que lo sustituyen parcial o totalmente. Un ajuste de varios meses puede obligar a recortes en gasto discrecional, posponer compras duraderas o elevar el uso de crédito informal. En un entorno donde la inflación ha mostrado episodios de resistencia en ciertos rubros —particularmente alimentos y servicios—, la pérdida de poder de compra puede sentirse con mayor intensidad, aun si los precios generales se moderan frente a picos de años anteriores.
También hay implicaciones para pequeñas empresas que dependen del flujo constante de efectivo en barrios y municipios receptores. Menos remesas suelen traducirse en menores ventas y, en consecuencia, en ajustes de inventarios y empleo. Este mecanismo cobra importancia en un país donde la economía interna depende en buena medida del consumo y donde la informalidad sigue siendo un rasgo estructural del mercado laboral.
Tipo de cambio, inflación en Estados Unidos y riesgos hacia 2026
El tipo de cambio puede amortiguar o agravar el efecto en moneda local. Si el peso se deprecia, cada dólar enviado rinde más en México, lo que ayuda a compensar parcialmente una caída en montos. Sin embargo, esa “ayuda” cambiaria convive con riesgos: una depreciación asociada a episodios de aversión al riesgo puede venir acompañada de mayor volatilidad financiera y presiones sobre expectativas de inflación. Del lado de Estados Unidos, un repunte inflacionario —por ejemplo, por alzas en energéticos ligadas a tensiones geopolíticas— puede reducir el ingreso real de los remitentes y limitar su capacidad de envío, aun si mantienen empleo.
De cara a 2026, el escenario más probable para las remesas dependerá de tres variables: el pulso del mercado laboral estadounidense, el costo de vida (inflación) y la intensidad de medidas migratorias que afecten la estabilidad laboral y la disposición a usar canales formales. Si el empleo se estabiliza y la inflación cede, es factible que los envíos retomen una trayectoria más estable. En cambio, si se combina un mercado laboral más retador con mayores costos en energía y vivienda, el flujo podría seguir presionado, con efectos diferenciados por región en México.
En síntesis, el descenso de once meses en remesas apunta a un ajuste que va más allá de la estacionalidad: refleja un entorno menos favorable para los trabajadores en Estados Unidos y anticipa presiones sobre el consumo en zonas receptoras. La evolución del empleo, la inflación y el tipo de cambio será clave para dimensionar si el bache se revierte o se consolida como una tendencia de mayor duración.





