Empleo al alza, calidad a la baja: México suma ocupados, pero el avance se carga a la informalidad
El mercado laboral crece, pero el impulso viene de micronegocios y autoempleo, mientras la formalidad se estanca y suben señales de precariedad.
La economía mexicana arrancó 2026 con más personas trabajando, pero con un patrón que enciende focos amarillos: el empleo crece, aunque cada vez más lo hace en actividades de baja escala, sin prestaciones y con ingresos presionados. Los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi para el primer trimestre de 2026 muestran un aumento anual de 552 mil personas ocupadas, para totalizar 59.6 millones. Sin embargo, la composición de ese crecimiento revela que buena parte de los nuevos ocupados se incorporó a esquemas típicamente informales o de supervivencia.
El dinamismo se concentró en micronegocios y en el trabajo por cuenta propia. En un contexto de desaceleración cíclica y costos laborales más altos en el segmento formal, muchos hogares optan por estrategias de ingreso mixtas —venta al menudeo, servicios personales, pequeños talleres y comercio ambulante— que permiten generar flujo, pero rara vez consolidan trayectorias de productividad y seguridad social. La paradoja es clara: hay más empleo, aunque no necesariamente mejores empleos.
De acuerdo con la ENOE, los micronegocios concentraron 24.5 millones de personas ocupadas, 48.7% del empleo no agropecuario, y sumaron más de 713 mil trabajadores respecto al mismo periodo de 2025, el mayor incremento entre tamaños de unidad económica. También aumentó la ocupación en establecimientos medianos y pequeños, mientras que los grandes establecimientos —donde suelen ubicarse plazas con prestaciones, capacitación y mayor estabilidad— redujeron su personal en alrededor de 168 mil personas.
El desplazamiento también se observa por “posición en la ocupación”. Los trabajadores por cuenta propia aumentaron en más de 451 mil personas, hasta 13.5 millones, elevando su peso dentro del total. En contraste, el empleo subordinado y remunerado apenas avanzó, y su participación retrocedió. En términos prácticos, el mercado laboral está absorbiendo mano de obra, pero una fracción creciente lo hace fuera de relaciones laborales asalariadas tradicionales.
La informalidad avanzó. En el primer trimestre de 2026, 32.6 millones de personas trabajaron en alguna modalidad informal, más de 583 mil adicionales a tasa anual, con una tasa de informalidad que subió a 54.8%. El componente más voluminoso fue el llamado “sector informal”, con 17.6 millones de ocupados. Por diferencia, el empleo formal se redujo ligeramente respecto al año previo, una señal de estancamiento en la capacidad de generar plazas con seguridad social y cobertura de derechos laborales.
En paralelo, el Inegi reportó un deterioro en indicadores de calidad: la tasa de condiciones críticas de ocupación subió a 38.8% y casi la mitad de los ocupados percibió hasta un salario mínimo. Aunque la desocupación se mantuvo baja en términos históricos (2.6%), su incremento marginal y el aumento de la población desocupada sugieren un mercado que sigue ajustándose más por cantidad de ocupación que por mejoras salariales generalizadas.
Qué implica para crecimiento, consumo y política pública
Un mercado laboral que se expande por la vía de micronegocios e informalidad suele sostener el consumo de corto plazo, pero limita el potencial de crecimiento de mediano plazo. La razón es estructural: la informalidad tiende a operar con menor acceso a crédito, tecnología y capacitación; además, reduce la recaudación y la base de cotización a la seguridad social, presionando finanzas públicas y sistemas de salud y pensiones. En México, donde la productividad y la desigualdad regional siguen siendo retos persistentes, esta dinámica puede profundizar brechas entre sectores modernos exportadores y servicios de baja productividad orientados al mercado interno.
La lectura económica también se cruza con el ciclo inflacionario y monetario. Con salarios reales aún recuperándose de episodios de alta inflación recientes, el aumento de ocupación no siempre se traduce en mayor poder adquisitivo si crecen los trabajos con ingresos bajos o jornadas fragmentadas. Para la política pública, el reto es doble: por un lado, facilitar la formalización reduciendo costos de entrada y simplificando trámites para pequeños negocios; por otro, fortalecer la inspección laboral y la cobertura de seguridad social con esquemas más flexibles para independientes, sin desincentivar la actividad. La coordinación entre autoridades laborales, fiscales y de seguridad social se vuelve clave para evitar que el empleo “nuevo” se quede permanentemente en la periferia de la formalidad.
Hacia adelante, la capacidad de México para convertir el crecimiento del empleo en bienestar dependerá de si los micronegocios logran transitar hacia mayor escala y productividad, y de si el empleo formal retoma tracción en sectores con mayor valor agregado. La relocalización de cadenas productivas y la inversión ligada a manufactura y logística pueden ser un motor, pero su efecto en empleo formal no es automático y requiere capital humano, infraestructura y certeza regulatoria para permear más allá de polos industriales específicos.
En suma, el primer trimestre de 2026 confirma que México sigue creando ocupación, pero con una composición menos favorable: crecen el autoempleo y la informalidad, caen los grandes establecimientos y se elevan indicadores de precariedad. El dato clave no es solo cuántos trabajan, sino en qué condiciones y con qué perspectivas de mejora.





