De la era petrolera al auge manufacturero: la economía mexicana bajo el TLCAN y el T-MEC
México consolidó su perfil exportador manufacturero con América del Norte, pero el reto sigue siendo traducir ese éxito en mayor crecimiento y productividad interna.
En poco más de cuatro décadas, México dejó atrás el perfil de economía predominantemente petrolera y se convirtió en una plataforma manufacturera profundamente integrada a América del Norte. La transformación no ocurrió de un día para otro: fue el resultado de una apertura comercial iniciada tras la crisis de deuda de los años 80, de reformas para atraer inversión y, sobre todo, de la certidumbre que dieron los acuerdos comerciales que ordenaron las reglas del juego para producir y exportar.
Las cifras más recientes de comercio exterior ilustran el cambio estructural. En 2025, las exportaciones totales de México alcanzaron 663,770 millones de dólares (cifras desestacionalizadas), de las cuales 607,736 millones correspondieron a manufacturas, equivalentes a 91.6% del total. Las exportaciones petroleras, en contraste, sumaron 21,306 millones, apenas 3.2%, de acuerdo con la balanza comercial de mercancías reportada por el Banco de México (Banxico). En otras palabras, el motor exportador ya no depende del crudo: descansa en cadenas industriales, logística, plantas de ensamble, proveedores y flujos de inversión vinculados a la demanda externa, principalmente de Estados Unidos y Canadá.
Ese giro, sin embargo, convive con una realidad persistente: el país desarrolló un sector exportador competitivo, pero el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) se mantuvo moderado durante buena parte del periodo posterior a 1994. Diversos diagnósticos de organismos internacionales han señalado que el gran reto ha sido extender la productividad y la innovación más allá de los polos exportadores, integrando a más empresas nacionales —en especial pequeñas y medianas— a cadenas de proveeduría con mayor contenido tecnológico y valor agregado.
Del modelo cerrado a la apertura: el parteaguas de los años 80
Durante décadas, México siguió una estrategia de industrialización por sustitución de importaciones: aranceles altos, permisos, subsidios y una fuerte presencia del Estado buscaban impulsar la producción interna. Ese esquema permitió estabilidad macroeconómica y crecimiento elevado entre los años 50 y 70, pero también generó sectores protegidos, poca competencia y dependencia del gasto público. La crisis de 1982 —con devaluación, inflación y suspensión de pagos— reconfiguró el rumbo económico y obligó a acelerar la liberalización comercial y la reorganización del aparato productivo.
La entrada al GATT en 1986 fue un hito en esa transición: abrió la puerta a menores aranceles, más importaciones y una economía orientada a exportar. Para cuando se negoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la apertura ya estaba en marcha, pero el acuerdo de 1994 aportó algo decisivo: reglas estables y un horizonte de largo plazo para invertir, especializarse y articular cadenas regionales de producción.
El TLCAN y la integración productiva: manufactura como nuevo “petróleo”
Con el TLCAN, México se integró de forma acelerada al mercado de Estados Unidos y Canadá, no solo como proveedor de bienes finales, sino como eslabón de procesos productivos compartidos. En la práctica, el comercio dejó de ser únicamente “exportar productos terminados” para convertirse en “exportar dentro de una misma fábrica regional”: piezas que cruzan fronteras varias veces antes de ensamblarse en un bien final. La fortaleza de México se cimentó en su capacidad de producir a gran escala, con redes logísticas consolidadas, experiencia industrial y una base laboral amplia en manufactura.
El sector automotriz se volvió emblema de esa etapa: México escaló posiciones entre productores y exportadores globales de vehículos y autopartes, y con ello atrajo inversión, empleo formal y proveedores especializados. Sin embargo, esa misma concentración expone vulnerabilidades: cambios regulatorios, aranceles y presiones políticas desde Estados Unidos pueden alterar márgenes, decisiones de inversión y planes de producción.
La revisión del T-MEC y el nuevo mapa de riesgos para exportar
El T-MEC, vigente desde 2020, llegó a un entorno global distinto al de los años 90: tensiones geopolíticas, competencia tecnológica, relocalización de cadenas (nearshoring) y un mayor peso de la seguridad económica en la política comercial. Sus reglas elevan el contenido regional en sectores como el automotriz, refuerzan compromisos laborales y ambientales y agregan disciplinas para comercio digital y propiedad intelectual. La revisión conjunta iniciada en 2026 se ha leído en los mercados como un momento clave para medir certidumbre: el atractivo de México como plataforma de exportación depende de que el acceso preferencial y las reglas operativas se mantengan previsibles para inversionistas y proveedores.
Además, el entorno comercial ya no se define solo por aranceles, sino por cumplimiento regulatorio, trazabilidad de insumos, estándares laborales, energía y capacidad de infraestructura. Para México, esto implica que el éxito del nearshoring no se resuelve únicamente con salarios competitivos o cercanía geográfica: requiere electricidad suficiente y confiable, puertos y aduanas eficientes, seguridad en corredores logísticos y una oferta de talento técnico que sostenga el salto hacia manufacturas más complejas.
Tecnología, centros de datos y la siguiente fase manufacturera
La canasta exportadora mexicana también está cambiando. En años recientes, segmentos ligados a electrónica, equipo de cómputo y maquinaria han ganado relevancia, impulsados por la demanda de infraestructura digital, automatización y cadenas asociadas a la economía de datos. En 2025, las exportaciones de equipo de cómputo alcanzaron 85,416 millones de dólares, con un crecimiento anual de triple dígito, una señal de que parte del aparato productivo está capturando oportunidades más allá del ensamble automotriz tradicional.
La implicación económica es clara: si México logra profundizar el contenido nacional (proveeduría local, ingeniería, diseño, software industrial, servicios especializados) en estas industrias, el impacto puede extenderse a más regiones y elevar el valor agregado por trabajador. Si no lo hace, el país corre el riesgo de mantener un patrón donde la manufactura exportadora crece, pero con encadenamientos limitados hacia el resto de la economía.
El pendiente histórico: productividad, pymes e inversión
El contraste entre exportaciones récord y crecimiento moderado del PIB ha sido uno de los temas más debatidos desde la entrada del TLCAN. En términos generales, México construyó “islas” de alta productividad vinculadas al exterior, mientras amplios segmentos —comercio, servicios de baja escala, informalidad— operan con menor capital, menor capacitación y menor acceso a financiamiento. La dualidad productiva limita el crecimiento de largo plazo: incluso con exportaciones dinámicas, el mercado interno y la productividad agregada avanzan lentamente si la mayoría de las empresas permanece fuera de cadenas de valor.
En el corto y mediano plazos, el rumbo dependerá de factores internos y externos: la evolución de la demanda de Estados Unidos, el entorno de tasas e inflación, la capacidad de México para sostener estabilidad macroeconómica y, de manera decisiva, la inversión en infraestructura, energía y capital humano. Banxico mantiene un papel central al anclar expectativas de inflación, pero la aceleración del crecimiento potencial requiere medidas que van más allá de la política monetaria: competencia, Estado de derecho, certeza regulatoria y estrategias de desarrollo de proveedores.
En síntesis, México pasó de exportar petróleo a exportar manufacturas en una integración profunda con Estados Unidos y Canadá bajo el TLCAN y el T-MEC. El desafío hacia adelante es convertir esa fortaleza externa en una plataforma de crecimiento más amplio: más productividad, mayor innovación y encadenamientos internos que lleven los beneficios de la globalización a más empresas y regiones del país.