Aranceles y “soft landing” en EU: qué cambia para México rumbo a la revisión del T‑MEC
La economía de Estados Unidos cerró el primer año del segundo mandato de Donald Trump con una combinación que, vista desde México, resulta tan relevante como contradictoria: crecimiento todavía firme, inflación más controlada y un mercado laboral que se enfría sin colapsar, pero con una percepción social de deterioro del poder de compra. Ese contraste importa porque EU sigue siendo el principal socio comercial de México y el ancla de buena parte del dinamismo manufacturero asociado al nearshoring; si el consumidor estadounidense se mantiene cauteloso, el efecto se refleja en pedidos, exportaciones y ritmo de producción del lado mexicano.
Las cifras estadounidenses muestran un desempeño mejor al anticipado por el mercado: el PIB mantuvo un paso sólido hacia 2025, apoyado en consumo, gasto público y exportaciones, además de un ciclo de inversión concentrado en tecnologías como inteligencia artificial. Para México, un EU que evita recesión reduce el riesgo de un frenón abrupto en sectores altamente integrados —automotriz, electrodomésticos, equipo eléctrico y dispositivos médicos—, pero también puede sostener tasas de interés relativamente elevadas por más tiempo si la inflación tarda en converger por completo. Ese escenario suele trasladarse a condiciones financieras más apretadas en economías emergentes, incluido México, vía tipo de cambio, primas de riesgo y costo del crédito.
En inflación, el avance estadounidense hacia niveles más moderados alivia presiones importadas, aunque el beneficio no se transmite de manera uniforme. En México, el Banco de México ha avanzado en un ciclo de recortes desde niveles restrictivos, pero mantiene el énfasis en la inflación subyacente y en no perder el diferencial de tasas frente a la Reserva Federal. La combinación de “desinflación lenta” en servicios en EU y la sensibilidad del peso a los flujos financieros obliga a una ruta de política monetaria cuidadosa: recortes graduales, con atención al traspaso cambiario y a los precios de servicios, que en México también tienden a ser persistentes.
El mercado laboral estadounidense evitó un deterioro abrupto, pero sí mostró una clara desaceleración en la creación de empleo, mientras el ingreso real de una parte de los hogares no termina de recuperar terreno frente a la inflación acumulada. Para México, el punto es doble: por un lado, un empleo todavía estable en EU suele sostener el flujo de remesas —una fuente clave para el consumo en muchas regiones—; por otro, una menor expansión del empleo y un consumidor más pesimista pueden limitar el crecimiento de la demanda externa de manufacturas mexicanas. En 2024 y 2025, además, México ha enfrentado su propia desaceleración cíclica, con un desempeño desigual por sectores, donde manufactura y construcción ligada a proyectos privados conviven con señales mixtas en servicios y consumo.
Donde la señal es más delicada para el horizonte mexicano es en política comercial. El endurecimiento arancelario en EU elevó la tasa efectiva promedio a máximos no vistos en décadas y, además del impacto directo, introdujo incertidumbre legal sobre el uso de poderes ejecutivos para imponer tarifas. En un contexto de cadenas productivas regionalizadas, el arancel se vuelve no solo un costo, sino un factor de planeación: empresas exportadoras en México —incluidas las que operan bajo esquemas IMMEX— deben anticipar escenarios de mayores verificaciones de origen, cambios en clasificaciones arancelarias, ajustes de cumplimiento y potenciales medidas espejo.
Esto se cruza con la revisión del T‑MEC, que se perfila como un evento de alto impacto para la inversión. México llega a esa conversación con fortalezas —capacidad manufacturera, cercanía logística, experiencia exportadora y un peso relativamente estable en periodos recientes—, pero también con pendientes que el mercado observa de cerca: certidumbre regulatoria, capacidad energética y de transmisión eléctrica, seguridad en corredores industriales, disponibilidad de agua en algunas zonas y ritmo de inversión pública y privada en infraestructura. En la práctica, el nearshoring no depende solo de salarios o geografía, sino de un paquete completo de costos: energía confiable, permisos ágiles, cumplimiento laboral y aduanero, y un marco legal predecible.
En el plano interno, México enfrenta el reto de sostener crecimiento con inflación en descenso y finanzas públicas bajo presión por mayores necesidades de gasto e inversión. Con una economía altamente integrada a EU, los movimientos en tasas y en confianza del consumidor estadounidense tienden a “filtrarse” a través de exportaciones, turismo y mercados financieros. Por eso, si bien un “soft landing” en EU reduce riesgos recesivos, el viraje hacia más proteccionismo y litigios sobre aranceles puede elevar la volatilidad en sectores específicos, al tiempo que abre oportunidades para sustituir proveeduría asiática por producción regional, siempre que las reglas del juego sean claras.
En perspectiva, el escenario central para México luce como una mezcla de oportunidad y cautela: el crecimiento estadounidense aún respalda la demanda externa, pero la percepción de pérdida de poder adquisitivo y la política comercial más dura pueden frenar decisiones de inversión o encarecer operaciones. La capacidad de México para capturar más relocalización dependerá menos de la coyuntura y más de condiciones estructurales: certidumbre jurídica, infraestructura, energía y seguridad, justo cuando el T‑MEC vuelve a colocarse en el centro del debate económico de Norteamérica.
Observaciones finales: la economía de EU ha mostrado resiliencia, pero la insatisfacción del consumidor y el giro arancelario introducen riesgos que México no puede ignorar. En el corto plazo, evitar una recesión en EU es un amortiguador; hacia adelante, la clave será cómo la incertidumbre comercial y la revisión del T‑MEC influyen en inversión, cadenas de suministro y empleo manufacturero en México. El balance para el país dependerá de qué tan rápido convierta el interés por regionalizar en proyectos concretos, con reglas claras y costos competitivos.





