México y Canadá refuerzan su agenda económica en Norteamérica mientras se recrudece la presión comercial desde Washington

05:55 27/01/2026 - PesoMXN.com
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México y Canadá refuerzan su agenda económica en Norteamérica mientras se recrudece la presión comercial desde Washington

La relación económica entre México y Canadá está entrando en una fase de mayor pragmatismo. En un entorno marcado por la revisión del T-MEC en el horizonte y por mensajes más duros desde la Casa Blanca, ambos gobiernos buscan blindar su integración productiva con una agenda que prioriza infraestructura, energía, logística y facilitación comercial. El movimiento ocurre en un momento especialmente sensible: la región compite por atraer inversión ligada a la relocalización de cadenas (nearshoring) y, al mismo tiempo, enfrenta riesgos de fragmentación comercial y medidas arancelarias de corte político.

El nuevo Plan de Acción México–Canadá, impulsado por las administraciones de Claudia Sheinbaum y Mark Carney, coloca la economía en el centro de la relación bilateral. A diferencia de ejercicios previos —más cargados hacia cooperación social y agendas transversales—, esta versión plantea objetivos operativos: modernización portuaria, corredores logísticos y coordinación regulatoria para reducir costos de transporte y tiempos de despacho. La intención es ganar resiliencia frente a choques externos y sostener cadenas de suministro más estables en sectores donde Norteamérica compite contra Asia y Europa.

Las cifras muestran tanto la relevancia como el margen de crecimiento. En 2024, el intercambio comercial México–Canadá rondó los 32 mil millones de dólares estadounidenses, una fracción pequeña del comercio total mexicano. Aun así, el balance ha favorecido a México: el superávit comercial frente a Canadá fue de casi 5,900 millones en 2024 y se amplió en 2025. En inversión, Canadá se mantiene como uno de los principales orígenes de IED en México —con presencia en manufactura, minería, servicios financieros, energía e infraestructura—, mientras que la inversión mexicana en Canadá sigue siendo comparativamente menor, lo que abre espacio para una estrategia empresarial más agresiva hacia ese mercado.

El componente logístico es clave para México por una razón adicional: la competitividad del nearshoring no depende solo de salarios o cercanía a Estados Unidos, sino de capacidad de carga, tiempos en aduanas, confiabilidad ferroviaria, seguridad en carreteras y abasto energético. En la práctica, un corredor eficiente entre puertos, nodos industriales y cruces fronterizos puede definir si una empresa asigna nuevas líneas de producción al Bajío, al norte del país o a otras regiones de América Latina. La cooperación con Canadá busca sumar interoperabilidad y estándares que faciliten el movimiento de insumos, particularmente para autopartes, aeroespacial, agroindustria y dispositivos médicos.

En energía, el plan plantea un diálogo más técnico para fortalecer seguridad del suministro y transitar hacia infraestructura compatible con metas climáticas sin sacrificar competitividad. Para México, la ecuación es delicada: el consumo eléctrico industrial crece, mientras persisten cuellos de botella en redes de transmisión y distribución y se elevan los requerimientos de energía firme para nuevas plantas. La coordinación con Canadá —actor relevante en tecnologías de redes, gas natural, renovables y minerales críticos— puede traducirse en cooperación en estándares, financiamiento y mejores prácticas, aunque los resultados dependerán de certidumbre regulatoria y de la capacidad de ejecución de proyectos en territorio mexicano.

También hay una apuesta por innovación. Ambos gobiernos prevén firmar un memorándum de entendimiento antes de marzo de 2026 para fortalecer colaboración científica en áreas estratégicas como transición energética, inteligencia artificial y tecnologías de la salud. Para México, donde el crecimiento potencial se ha visto limitado por baja productividad y rezagos en inversión, la cooperación en investigación aplicada y transferencia tecnológica puede ser un catalizador si se conecta con clusters industriales, universidades y cadenas de proveedores.

El capítulo agroalimentario adquiere un peso especial en el contexto político de Norteamérica. México es potencia exportadora de alimentos hacia la región y Canadá es un proveedor relevante de granos e insumos; al mismo tiempo, los capítulos sanitarios y fitosanitarios suelen convertirse en instrumentos de presión comercial. Una agenda conjunta para agilizar inspecciones, homologar criterios y reducir incertidumbre logística podría amortiguar disputas recurrentes y proteger flujos en temporadas críticas.

El telón de fondo, sin embargo, es geopolítico. Ottawa intenta reducir tensiones con China mediante ajustes arancelarios específicos, mientras Washington ha endurecido su narrativa y ha amenazado con medidas punitivas si Canadá profundiza acuerdos con Pekín. En ese juego, México observa con cautela: cualquier choque mayor entre sus socios puede contaminar la renegociación del T-MEC y elevar la volatilidad cambiaria y financiera regional, especialmente si se generalizan aranceles como herramienta de negociación.

Para la economía mexicana, la apuesta por afianzar alianzas dentro de América del Norte llega en un momento de contrastes. Mientras Canadá ha mostrado episodios de crecimiento superiores a lo esperado, México ha enfrentado señales de enfriamiento: menor dinamismo industrial en ciertos tramos, cautela empresarial por el ciclo político-regulatorio y una desaceleración global que impacta exportaciones. En ese escenario, infraestructura, inversión y facilitación comercial aparecen como palancas relativamente rápidas para sostener actividad, siempre que se acompañen de certidumbre jurídica, seguridad logística y planeación energética.

En perspectiva, el acercamiento México–Canadá puede funcionar como un “seguro regional” si ayuda a diversificar rutas, atraer capital y elevar la resiliencia de las cadenas de valor ante presiones desde Estados Unidos. Pero su eficacia dependerá de resultados medibles —proyectos concluidos, menor fricción regulatoria y mayor integración empresarial— y de la capacidad de ambos gobiernos para navegar la revisión del T-MEC sin que los desacuerdos externos terminen imponiendo costos a la inversión y al comercio.

En síntesis, México y Canadá buscan convertir una relación comercial todavía subaprovechada en una alianza operativa centrada en logística, energía e innovación, con la revisión del T-MEC y la presión política estadounidense como factores determinantes. La oportunidad es elevar competitividad y resiliencia; el riesgo, que la volatilidad geopolítica y los cuellos de botella internos diluyan los beneficios si no se traducen pronto en proyectos y reglas más claras.

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