Récord comercial de China reconfigura el tablero para México: más presión en manufactura y nuevas oportunidades en exportación
El superávit comercial de China alcanzó un máximo histórico en 2025 al ubicarse en 1.2 billones de dólares, en un entorno marcado por tensiones arancelarias con Estados Unidos y una caída de sus ventas hacia ese mercado. Aun con el retroceso en el comercio bilateral con la principal economía del mundo, el desempeño exportador chino se sostuvo gracias a la diversificación de destinos, lo que vuelve a poner en el centro del debate cómo esta dinámica puede influir en cadenas de suministro, precios y competencia para países como México.
De acuerdo con datos oficiales de aduanas chinas, las exportaciones totales del país aumentaron 5.5% en 2025, mientras que el comercio exterior creció 3.8% anual. El impulso provino de un mayor volumen de envíos a otros socios comerciales, que compensó una caída de 20% interanual en exportaciones a Estados Unidos y una disminución de 14.6% en importaciones desde ese país, tras los aranceles y la disputa comercial reavivada en 2024. En moneda local, el intercambio total superó por primera vez los 45 billones de yuanes, y las exportaciones avanzaron por arriba de 6%.
Para México, el récord chino no es solo una nota global: es un factor que puede incidir en el desempeño de sectores clave. La economía mexicana depende en gran medida de la manufactura orientada a exportación —en particular automotriz, autopartes, electrónica y equipo eléctrico—, y su ciclo suele estar ligado a la demanda de Estados Unidos. Si China logra mantener su presencia global redireccionando mercancías hacia terceros países o reconfigurando cadenas de valor, la competencia por participación de mercado puede intensificarse en segmentos donde México compite por costo, escala o velocidad de entrega.
Además, un superávit tan amplio suele asociarse con capacidad exportadora elevada y, en algunos rubros, mayor presión a la baja en precios internacionales de bienes manufacturados. Esto puede traducirse en un entorno más retador para empresas mexicanas que venden productos estandarizados o con menor diferenciación tecnológica. En paralelo, el ajuste en flujos comerciales también puede afectar la inflación importada: si ciertos insumos o bienes finales asiáticos se abaratan en el mercado global, podría haber efectos desinflacionarios en México; pero si los aranceles, la relocalización y los costos logísticos encarecen componentes críticos, el impacto puede ser el inverso.
El telón de fondo es un México que ha buscado capitalizar el “nearshoring” por su cercanía con Estados Unidos y el marco del T-MEC, especialmente en un periodo en el que el país mantiene un perfil exportador fuerte, pero enfrenta una inversión fija con altibajos, retos de infraestructura y señales mixtas en la actividad industrial. La relocalización de plantas hacia Norteamérica ha sido una narrativa dominante en los últimos años, aunque su materialización depende de factores como seguridad, disponibilidad de energía, agua, conectividad ferroviaria y portuaria, así como certidumbre regulatoria para proyectos de largo plazo.
La política comercial estadounidense seguirá siendo determinante. Una postura más restrictiva frente a importaciones chinas puede abrir espacios a productores instalados en México, pero también eleva el escrutinio sobre el origen de los componentes y el cumplimiento de reglas de origen del T-MEC. Para sectores como automotriz y electrónicos —donde se han incrementado revisiones y medidas defensivas en distintos países—, la trazabilidad y el contenido regional se vuelven variables estratégicas, no solo para evitar aranceles, sino para asegurar continuidad en contratos con clientes de Estados Unidos.
En este contexto, la afirmación de autoridades chinas de que su mercado se “abrirá más” en 2026 se lee con doble filo para México. Por un lado, una China más orientada a importar podría representar oportunidades puntuales para agroalimentos mexicanos (como berries, carne de cerdo, tequila o productos procesados) y para ciertos minerales e insumos industriales, siempre que se cumplan protocolos sanitarios, capacidad logística y acuerdos comerciales. Por otro, si se traduce en una estrategia de mayor presencia comercial global con apoyo de financiamiento y escala industrial, la competencia en terceros mercados podría endurecerse, especialmente en América Latina.
Hacia adelante, el efecto neto para México dependerá de la interacción entre tres fuerzas: la demanda estadounidense, el curso de la política industrial y comercial de Washington, y la capacidad mexicana de consolidar inversión productiva con ventajas reales (energía confiable, costos competitivos, capital humano y facilitación aduanera). Con un tipo de cambio que puede moverse por diferenciales de tasas, flujos de inversión y percepción de riesgo, y con una economía que busca crecer más allá del impulso externo, el reacomodo comercial global sugiere que la competitividad mexicana se jugará cada vez más en productividad, contenido regional y especialización tecnológica.
En síntesis, el superávit récord de China en 2025 confirma que el comercio global sigue adaptándose a la disputa arancelaria con Estados Unidos, y ese reajuste puede presionar a México por competencia en manufacturas, pero también abrir ventanas si el país logra convertir el nearshoring en inversión concreta y elevar su contenido regional bajo el T-MEC. La clave estará en cómo México fortalece condiciones internas —infraestructura, energía, certidumbre y logística— para aprovechar la reconfiguración de cadenas de suministro sin perder participación en su mercado principal.





