S&P prevé inflación persistente en México y pone en duda el regreso al 3% antes de 2029
S&P Global estima que los precios en México seguirán por encima del objetivo de Banxico durante varios años, aun con una política monetaria ya cerca de neutral.
La trayectoria de la inflación en México podría ser más larga y accidentada de lo que proyecta la autoridad monetaria. S&P Global Market Intelligence anticipa que el alza de precios cerrará 2026 en torno a 5.5% y que la inflación se mantendrá por encima de 4% al menos hasta inicios de 2029, un horizonte que contrasta con el escenario central de Banco de México (Banxico), que continúa señalando una convergencia hacia 3% alrededor del segundo trimestre de 2027.
El diagnóstico de la firma se conoce después de que Banxico recortó su tasa de referencia en 25 puntos base para ubicarla en 6.50%, movimiento que en los hechos coloca el costo del dinero en una zona considerada cercana a neutral. Para S&P, con presiones aún activas en distintos componentes del índice, es “extremadamente improbable” que la inflación regrese al objetivo de 3% durante los próximos 24 meses, lo que implica un entorno de precios más rígido para el consumo, las empresas y el diseño de la política pública.
En el corto plazo, S&P prevé que la inflación general termine 2026 en 5.5% y ceda a 4.4% al cierre de 2027; sin embargo, advierte que el proceso de desinflación sería lento y vulnerable a choques, por lo que el umbral de 4% seguiría siendo una referencia difícil de quebrar por un periodo prolongado.
Parte del reto, señalan distintos análisis del mercado, es que México enfrenta una mezcla de factores internos y externos: ajustes fiscales y regulatorios que inciden en precios específicos, presiones de costos laborales en servicios, volatilidad en energéticos y alimentos, y choques climáticos que afectan la oferta agropecuaria. A ello se suma que el anclaje de expectativas —clave para que la inflación baje de manera sostenida— depende tanto de la credibilidad de Banxico como de la evolución del tipo de cambio, los precios internacionales y las condiciones financieras globales.
El “piso” de la inflación: servicios, alimentos y energéticos
La persistencia inflacionaria se explica, en buena medida, por dos frentes. Por un lado, la inflación subyacente —la que suele reflejar tendencias de mediano plazo— ha mostrado resistencia, impulsada por aumentos en servicios asociados a mayores costos laborales y por efectos de impuestos indirectos (como el IEPS) en algunos productos. Por el otro, la inflación no subyacente sigue expuesta a variaciones en agropecuarios y energéticos, rubros sensibles a disrupciones logísticas, fenómenos meteorológicos y ajustes en subsidios o tarifas. En este contexto, incluso cuando algunos precios se moderan, la presión se redistribuye y mantiene elevado el costo de vida en componentes esenciales.
El efecto social es especialmente relevante: cuando el encarecimiento se concentra en alimentos y en servicios de uso cotidiano, el impacto es desproporcionado en los hogares de menores ingresos, cuya canasta está más cargada a esos bienes. En meses recientes, el costo de la canasta alimentaria ha crecido a ritmos superiores a la inflación general, reflejando que la desaceleración del índice agregado no siempre se traduce en alivio para el gasto básico.
Del lado monetario, el recorte de Banxico a 6.50% se interpreta como una señal de que el ciclo de relajación iniciado en 2024 se acerca a su punto de equilibrio, especialmente si la tasa real ex ante deja de ser claramente restrictiva. La votación no unánime en la Junta de Gobierno, con posturas a favor de mantener el nivel previo, subraya que el banco central sigue viendo riesgos en la persistencia del componente subyacente y en la posibilidad de que choques temporales se vuelvan más duraderos.
Para la actividad económica, un escenario de inflación alta por más tiempo tiene dos implicaciones principales. La primera es que limita el margen para recortes adicionales de tasas sin poner en riesgo la convergencia de precios, lo que podría mantener condiciones financieras relativamente apretadas para crédito al consumo y a empresas. La segunda es que erosiona el poder adquisitivo y puede enfriar la demanda interna, especialmente si los salarios no compensan el encarecimiento de alimentos, transporte y servicios.
S&P también incorpora riesgos que podrían reavivar presiones: encarecimiento del petróleo, ajustes en apoyos a energéticos, episodios de clima extremo con afectaciones agrícolas, y factores domésticos como problemas de seguridad que elevan costos de logística y operación. Adicionalmente, la demanda asociada al Mundial de Futbol de 2026 podría añadir presión en servicios —hotelería, restaurantes y transporte— en ciudades sede, un fenómeno que suele ser transitorio, pero que puede acentuar picos de precios en periodos cortos.
Hacia adelante, el debate clave será si la desinflación logra retomar una tendencia más clara sin sacrificar el crecimiento, en un entorno donde la economía mexicana sigue muy vinculada al ciclo manufacturero de Estados Unidos, a la dinámica del comercio exterior y a la estabilidad del peso. Para Banxico, el reto consiste en mantener expectativas bien ancladas y reaccionar con prudencia ante choques de oferta, mientras el gobierno enfrenta el desafío de contener presiones en bienes esenciales sin generar distorsiones que terminen alimentando nuevas alzas.
En conjunto, las proyecciones de S&P sugieren que México podría convivir con una inflación más pegajosa de lo previsto, especialmente en rubros sensibles para los hogares. La señal central es que, aun con tasas cercanas a neutral, los choques en alimentos, servicios y energéticos podrían seguir dificultando el regreso sostenido al 3%, obligando a una gestión cuidadosa de política monetaria y de expectativas.