Carstens llama a acelerar la digitalización financiera sin erosionar la confianza del sistema

19:11 26/02/2026 - PesoMXN.com
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La innovación fintech en México avanza, pero el reto central sigue siendo modernizar pagos y dinero digital con reglas claras que protejan al usuario.

Agustín Carstens, exgobernador del Banco de México (Banxico) y exdirector general del Banco de Pagos Internacionales (BIS), pidió a las empresas fintech impulsar la innovación sin comprometer la confianza que sostiene al sistema financiero. En un entorno donde la digitalización se acelera y la oferta de productos se multiplica —desde pagos instantáneos hasta criptoactivos—, Carstens subrayó que la regulación no es un obstáculo caprichoso, sino una respuesta histórica a crisis y quiebras que han mostrado el costo económico de perder credibilidad en intermediarios, infraestructuras de pago y esquemas de ahorro.

El diagnóstico apunta a una tensión conocida: mientras otros sectores han incorporado tecnologías a ritmos vertiginosos, el financiero suele moverse con cautela por el riesgo sistémico que implica “romper cosas” en una actividad donde los errores se traducen en pérdidas patrimoniales, fraudes o interrupciones de servicios esenciales. Para Carstens, la modernización es impostergable, pero requiere una arquitectura que preserve la seguridad operativa, la continuidad de los servicios y la protección del consumidor, con estándares verificables y supervisión efectiva.

En México, este debate ocurre en un momento en que el uso de pagos digitales sigue creciendo, impulsado por transferencias inmediatas y mayor bancarización, aunque persiste una fuerte preferencia por el efectivo en amplias capas de la economía. La brecha de acceso —con diferencias por región, ingreso y conectividad— convive con una demanda creciente por soluciones más baratas y rápidas para pagar, cobrar y enviar dinero, especialmente entre pequeñas empresas y trabajadores independientes.

Carstens también reiteró su escepticismo sobre las stablecoins como sustitutos plenos del dinero tradicional. Su argumento central es que muchas de estas monedas no cumplen de forma consistente con las tres funciones clásicas del dinero —medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor—, y que, si se pretende integrarlas a un esquema de pagos masivo, debe ser bajo reglas estrictas de transparencia, reservas, gestión de liquidez y vigilancia regulatoria.

El dilema de México: innovación rápida, infraestructura robusta y reglas parejas

La experiencia mexicana muestra que la adopción tecnológica puede ser veloz cuando hay infraestructura y confianza: sistemas de pagos más ágiles han reducido fricciones y han permitido a comercios y personas mover recursos con menor costo. Sin embargo, el crecimiento de nuevos jugadores también eleva los retos: ciberseguridad, suplantación de identidad, fallas operativas, calidad de la atención al usuario y riesgos de modelos de negocio que dependen de fondeo de corto plazo. En este contexto, la discusión sobre “dinero digital” —sea emitido por banca central, banca comercial o plataformas privadas— se vuelve una conversación sobre estándares: quién responde ante una pérdida, cómo se protege al ahorrador, qué tan auditables son las reservas y cómo se resuelve una contingencia sin afectar la estabilidad del sistema.

El enfoque de Carstens sugiere un ecosistema con distintos tipos de dinero que coexistan: efectivo y dinero digital de banca central para el público, instrumentos mayoristas para interconectar instituciones y dinero bancario comercial para el día a día, con espacio acotado para stablecoins siempre que se ajusten a reglas que reduzcan riesgos. Para México, donde la inclusión financiera sigue siendo un objetivo de política pública, el valor de ese planteamiento es que pone el énfasis en “interoperabilidad” y confianza: que los sistemas se comuniquen, que los costos bajen y que el usuario final tenga certidumbre jurídica y operativa.

Desde la óptica macroeconómica, la modernización financiera ocurre además en un ambiente donde el combate a la inflación, la estabilidad del tipo de cambio y el costo del crédito influyen sobre el apetito por innovaciones. Cuando las tasas son elevadas, el financiamiento se encarece y las fintech enfrentan un entorno más exigente para captar capital y escalar; cuando el crecimiento se modera, la prioridad de hogares y empresas suele ser liquidez y seguridad. En ese sentido, la confianza que menciona Carstens no es solo reputacional: también es un activo económico que reduce primas de riesgo, facilita la intermediación y sostiene la inversión.

En el terreno regulatorio, el mensaje también es para autoridades y supervisores: facilitar la renovación sin descuidar el control. Para que la innovación se traduzca en productividad y no en vulnerabilidades, el reto está en actualizar marcos de supervisión, exigir mejores prácticas de gestión de riesgos y garantizar “piso parejo” entre bancos y nuevos participantes, evitando arbitrajes regulatorios que incentiven el crecimiento de actividades fuera del perímetro de vigilancia.

En perspectiva, México enfrenta una oportunidad doble: usar la tecnología para ampliar el acceso a servicios financieros y abaratar pagos, y al mismo tiempo elevar los estándares de seguridad y transparencia. El balance que propone Carstens —innovar con reglas— apunta a que la transformación digital será sostenible solo si el usuario percibe que su dinero está protegido y que el sistema responde con rapidez ante fallas, fraudes o choques de mercado.

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