Pagos con tarjeta en gasolineras ganan terreno y la “tasa cero” abre un nuevo frente para bancos y fintech
La eliminación temporal de la cuota de intercambio en gasolineras busca empujar los pagos digitales, pero presiona ingresos clave del sistema financiero.
El pago con tarjeta en estaciones de servicio dejó de ser marginal en México. Datos del Banco de México (Banxico) indican que durante 2025 se realizaron 11,261.8 millones de pagos con tarjeta de crédito y débito, y 7% de esas operaciones ocurrieron en gasolineras: 778.4 millones de transacciones por 481,373.2 millones de pesos. El volumen no solo creció 10% frente a 2024; también se disparó respecto de 2018, reflejando una mayor penetración de terminales punto de venta, cambios de hábito y la normalización de los pagos digitales en el consumo cotidiano.
Sobre ese mercado en expansión, la Asociación de Bancos de México (ABM) acordó en la 89 Convención Bancaria eliminar la “cuota de intercambio” para pagos con tarjeta en gasolineras. La medida —planteada como temporal— se presenta como un incentivo para la digitalización y como apoyo al sector gasolinero en un entorno de volatilidad internacional que suele trasladarse a los precios de energéticos. En paralelo, la Secretaría de Hacienda ha anticipado que el marco regulatorio para echar a andar el esquema estaría listo en el corto plazo, aunque sin detallar duración, métricas de evaluación o mecanismos de supervisión.
En la práctica, la discusión toca un punto sensible del sistema de pagos: la cuota de intercambio es una fuente relevante de ingresos para emisores (bancos y algunos jugadores digitales) y un costo para comercios. Ajustarla a cero en un giro con alto volumen —como combustibles— puede alterar estrategias comerciales, incentivos de adquisición de clientes y, especialmente, la economía de modelos de negocio que dependen de comisiones transaccionales.
¿Quién absorbe el golpe y qué cambia para el consumidor?
Especialistas del sector legal y financiero advierten que el impacto se concentrará en entidades con mayor dependencia de ingresos por intercambio. En neobancos y emisores digitales, donde la rentabilidad suele construirse con escalas grandes y márgenes estrechos, la reducción puede ser material. Estimaciones difundidas en el marco de la Convención apuntan a efectos diferenciados por institución, desde impactos de cientos de millones en algunos jugadores digitales hasta miles de millones en bancos de gran tamaño. La lectura de mercado es clara: si el esquema se prolonga, podría acelerar ajustes en recompensas, cashback, anualidades, tasas promocionales o incluso en el apetito por originar y administrar ciertas carteras de tarjeta.
Para el usuario final, la promesa implícita es que menores comisiones a comercios podrían traducirse en precios más bajos o, al menos, en menor presión para trasladar costos de aceptación de tarjeta. Sin embargo, el traspaso no es automático. En un mercado donde el precio al público de combustibles está influido por variables internacionales, logística, márgenes de estación y políticas fiscales, el beneficio puede diluirse o quedarse en la cadena comercial. Por ello, sin reglas de transparencia —por ejemplo, reportes agregados sobre ahorros en comisiones y su reflejo en precios— el efecto en el bolsillo es incierto.
También hay un ángulo social poco visible: en muchas gasolineras, el flujo de efectivo sostiene propinas a despachadores. Una transición acelerada a pagos digitales, sin alternativas como propina integrada en terminal o mecanismos sencillos de transferencia, podría reducir ingresos complementarios de trabajadores, aun cuando se incrementen los pagos formales. En un país con alta informalidad laboral, la forma de pago puede tener efectos más amplios que el simple costo de transacción.
El debate ocurre en un momento en el que México empuja la inclusión financiera y la digitalización de pagos, pero sigue mostrando una preferencia estructural por el efectivo en amplias capas de la población. Banxico ha impulsado infraestructura y estándares del ecosistema de pagos; aun así, el costo de aceptación para pequeños comercios, la conectividad, la seguridad y la educación financiera siguen determinando qué tan rápido se mueve el consumo hacia medios electrónicos.
De cara a los próximos meses, la clave será la letra pequeña: si la tasa cero será obligatoria o voluntaria, cuánto tiempo durará, cómo se compensarán costos operativos, y qué salvaguardas habrá para evitar que el ajuste termine reempaquetado en otras comisiones. En paralelo, los bancos y fintech podrían rediseñar productos y alianzas con gasolineras para preservar volumen y participación sin erosionar márgenes, mientras el regulador enfrentará el reto de equilibrar competencia, inclusión y estabilidad del sistema de pagos.
En síntesis, la eliminación de la cuota de intercambio en gasolineras acelera una tendencia real: el pago con tarjeta ya es parte central del consumo de combustibles. El posible beneficio para comercios y la digitalización es tangible, pero el impacto en ingresos del sector financiero y la incertidumbre sobre su traslado al consumidor anticipan una implementación con tensiones y ajustes.