México apuesta por reactivar la inversión de Canadá en un momento clave para Norteamérica
La misión comercial encabezada por Economía busca convertir el interés canadiense en nuevos proyectos, en medio de la revisión del T-MEC y la incertidumbre regulatoria.
La relación económica entre México y Canadá atraviesa una etapa de replanteamiento estratégico: mientras se aproxima la revisión del T-MEC y se recrudece la competencia global por capital productivo, el gobierno mexicano y el sector privado buscan romper un patrón de estancamiento en la inversión canadiense, que en los últimos años se ha mantenido alrededor de los 3,000 millones de dólares anuales.
Con ese telón de fondo, la Secretaría de Economía organizó una de las misiones empresariales más grandes de México hacia Canadá. Encabezada por el secretario Marcelo Ebrard, la gira integró a 240 empresas mexicanas con una agenda de más de 1,800 encuentros de negocios con cerca de 200 compañías canadienses. La delegación incluyó firmas y organismos vinculados a agroindustria, manufactura, farmacéutica, electromovilidad, industrias creativas, educación, innovación, logística y fondos de inversión, en conversaciones con corporativos como Air Canada, Bombardier, Brookfield, CN Rail y TC Energy, además de inversionistas institucionales como Ontario Teachers Pension Plan.
Los datos oficiales muestran por qué el tema está sobre la mesa. La inversión extranjera directa (IED) de Canadá en México sumó 3,323 millones de dólares en 2025, por debajo de los 3,609 millones de 2024, y lejos del pico alcanzado en 2018. En el acumulado 2006-2025, el capital canadiense asciende a 52,279 millones de dólares, equivalente a 8.2% de toda la IED captada por México en ese lapso, un peso relevante que, sin embargo, no se ha traducido en una ola sostenida de nuevos proyectos.
La estructura de esos flujos también revela la naturaleza del momento: predominan las cuentas entre compañías y la reinversión de utilidades, mientras que las nuevas inversiones representan una proporción menor. Para México, el reto es pasar de una relación “consolidada” a una de expansión, en un entorno donde la relocalización de cadenas (nearshoring) sigue siendo una oportunidad, pero compite contra restricciones de infraestructura, costos logísticos y una percepción de riesgo que varía por región y sector.
Desde el lado canadiense, el interés no ha desaparecido. Representantes empresariales han señalado que existe apetito por energía, infraestructura y logística, pero también un monitoreo permanente de factores como la seguridad y la claridad regulatoria. En los últimos años, la experiencia de ciertos sectores frente a cambios normativos, permisos y criterios administrativos ha elevado el costo de tomar decisiones de largo plazo, particularmente en industrias intensivas en capital.
Para México, el acercamiento cobra relevancia adicional por el momento económico interno: el país busca sostener la inversión total en niveles que permitan crecer por encima de su promedio histórico, al tiempo que enfrenta presiones de gasto público, una agenda de obras e infraestructura que requiere complementariedad privada, y un entorno de tasas de interés que, aunque con tendencia a normalizarse, aún exige selectividad financiera. En ese escenario, el capital canadiense es visto como un socio natural por su presencia histórica, su experiencia en proyectos de gran escala y su compatibilidad con cadenas productivas norteamericanas.
Sectores y “cuellos de botella”: dónde puede destrabarse el salto
Los sectores con mayor presencia canadiense en México delinean tanto el potencial como los puntos sensibles de la agenda. Transporte, servicios financieros, minería, manufactura y energía concentran la mayor parte del capital acumulado. Esto importa porque son industrias que dependen de reglas claras, seguridad física y jurídica, y coordinación con autoridades en permisos, derechos de vía y operación. En energía e infraestructura, por ejemplo, la viabilidad de proyectos suele descansar en horizontes de décadas; en minería, en certidumbre regulatoria y gestión social; y en logística, en capacidad de conectar regiones industriales con puertos, fronteras y centros de consumo. Si México logra reducir fricciones —tiempos de autorización, consistencia de criterios y condiciones de seguridad en corredores estratégicos—, el capital canadiense podría pasar de reinvertir en lo existente a financiar expansiones, modernizaciones y nuevas plantas vinculadas a exportación.
La conversación bilateral también se cruza con el reacomodo comercial en Norteamérica. Canadá ha enfrentado tensiones con Washington en industrias como metales, mientras México busca preservar su ventaja manufacturera frente a Asia, especialmente en rubros donde la integración regional y las reglas de origen del T-MEC son determinantes. En ese contexto, la estrategia mexicana incluye identificar productos con potencial de ganar participación en el mercado canadiense, diversificando destinos y reduciendo dependencia de un solo comprador regional.
Al mismo tiempo, la revisión del T-MEC añade una capa de urgencia: para México, mantener la certidumbre del marco comercial es crucial para decisiones de inversión, sobre todo en sectores exportadores. La señal que envíe Norteamérica sobre continuidad, reglas de contenido regional y mecanismos de solución de controversias puede acelerar o frenar anuncios de capital. Por eso, las reuniones de alto nivel con autoridades canadienses buscan alinear prioridades antes de que la negociación trilateral tome velocidad.
En términos territoriales, la presencia canadiense se ha concentrado en entidades clave, incluida la Ciudad de México como centro corporativo y financiero, y estados del norte con vocación manufacturera y logística. Esa distribución dialoga con la realidad del nearshoring: la infraestructura eléctrica, disponibilidad de agua, capacidad de parques industriales y conectividad ferroviaria y carretera son factores que hoy pesan tanto como los incentivos tradicionales para invertir.
En perspectiva, México intenta convertir la coyuntura —tensiones comerciales, reconfiguración de cadenas y revisión del T-MEC— en palanca para elevar la inversión canadiense más allá del rango observado en los últimos años. La clave será traducir misiones y encuentros en proyectos con cronogramas, financiamiento y condiciones regulatorias y operativas suficientemente estables para sostener capital de largo plazo.
En conjunto, el relanzamiento de la agenda con Canadá apunta a reforzar el eje norteamericano en un periodo de alta competencia por inversión; su éxito dependerá de certidumbre, seguridad e infraestructura que conviertan el interés en nuevas inversiones productivas.