México endurece aranceles a importaciones chinas mientras China consolida su peso comercial en América Latina
La relación económica de América Latina con China se ha transformado de manera acelerada en las últimas dos décadas: el país asiático pasó de tener un papel marginal a convertirse en un socio comercial determinante para la región. En Sudamérica, de hecho, China ya figura como el principal socio comercial, desplazando en varios rubros a Estados Unidos. En paralelo, México —más integrado a Norteamérica por el T-MEC— navega una dinámica distinta: busca proteger sectores sensibles con nuevos aranceles y medidas comerciales, sin perder de vista que muchas cadenas productivas ya incorporan insumos asiáticos y que el mercado chino es relevante para materias primas y algunos bienes intermedios.
El crecimiento del comercio China–América Latina ilustra el cambio de época. Entre 2000 y 2020 el intercambio se multiplicó varias veces hasta rebasar cientos de miles de millones de dólares, y para 2024 se estima que alcanzó alrededor de 518 mil millones. La tendencia está sostenida por una complementariedad clara: la región exporta principalmente bienes primarios —minerales, oleaginosas y combustibles—, mientras que China coloca manufacturas de mayor valor agregado, desde maquinaria y equipo eléctrico hasta vehículos, electrónicos y autopartes. Este patrón, aunque rentable en el corto plazo para exportadores de commodities, también reabre el debate sobre la reprimarización y la necesidad de desarrollar capacidades industriales locales para subir en la cadena de valor.
El avance chino no se explica únicamente por comercio. La inversión directa y el financiamiento se han convertido en instrumentos centrales. América Latina es uno de los destinos más importantes para el capital chino fuera de Asia, con una concentración notable en energía, minería e infraestructura. En años recientes, el flujo anual ha mostrado altibajos, pero con una diversificación geográfica: Brasil se mantiene como principal receptor, mientras que economías como Perú, México, Argentina y Chile han ganado dinamismo. Para la región, el reto es maximizar los encadenamientos productivos y asegurar transferencias tecnológicas reales, en lugar de limitarse a proyectos aislados con poco impacto en productividad.
Los minerales críticos para la transición energética han sido un eje de la estrategia. El litio —con inversiones relevantes en el llamado triángulo del litio (Argentina, Bolivia y Chile)— y el cobre —donde Chile y Perú abastecen en gran medida a China— reflejan cómo el reordenamiento energético mundial se traduce en competencia por insumos estratégicos. Este fenómeno también coloca presión sobre marcos regulatorios, licencias sociales y políticas ambientales, en un contexto donde la demanda global por baterías, redes eléctricas y energías renovables seguirá al alza.
La infraestructura es otro componente estructural. Con la expansión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta hacia América Latina, China ha financiado y participado en proyectos logísticos (puertos, carreteras, ferrocarriles) que buscan reducir tiempos y costos de transporte hacia Asia. El caso del megapuerto de Chancay en Perú —orientado a abrir rutas marítimas directas— es emblemático por sus implicaciones: reconfigura flujos comerciales, fortalece la salida de minerales y agroexportaciones, y puede elevar la competencia entre hubs portuarios del Pacífico. A esto se suma el papel de bancos chinos como prestamistas de gobiernos y empresas estatales desde mediados de los 2000, con montos acumulados significativos en la región, en ocasiones asociados a proyectos energéticos.
En México, la historia es distinta por el peso de Estados Unidos como destino de exportaciones y fuente de inversión. Sin embargo, la presencia china se ha vuelto más visible, sobre todo desde la reconfiguración global posterior a la guerra comercial entre Washington y Beijing, el rediseño de cadenas de suministro y el auge del nearshoring. Estimaciones citadas por análisis regionales y reportes de la Reserva Federal de Dallas apuntan a que México recibió alrededor de 2,300 millones de dólares de inversión extranjera directa neta desde China entre 2017 y 2024 (o cerca de 3,200 millones si se incluye Hong Kong), aunque mediciones privadas suelen sugerir montos mayores debido a que parte del capital entra vía filiales en terceros países y no siempre aparece como “chino” en los registros oficiales.
El sector automotriz y de autopartes encabeza la estrategia de instalación industrial: proveedores chinos se han insertado en sistemas eléctricos, componentes especializados y partes para tren motriz, aprovechando la plataforma exportadora de México. Aunque no se han consolidado plantas de ensamble de marcas chinas a gran escala, sí se ha observado un crecimiento de fabricantes de componentes y empresas de manufactura ligera en el norte del país, donde ya existen clústeres industriales. También hay proyectos en electrónica, electrodomésticos, maquinaria, centros de datos y energía renovable, áreas donde México busca atraer inversión, pero donde al mismo tiempo enfrenta cuellos de botella: disponibilidad eléctrica, transmisión, agua, y certidumbre regulatoria.
En ese contexto, la decisión de elevar aranceles o endurecer controles comerciales sobre productos de origen chino se inserta en una discusión más amplia sobre competitividad industrial, reglas de origen del T-MEC y presiones geopolíticas. Para México, el equilibrio es delicado: por un lado, proteger a industrias locales que compiten con importaciones baratas; por el otro, evitar encarecer insumos críticos para manufactura exportadora o detonar represalias indirectas. Además, en la medida en que Estados Unidos intensifica el escrutinio sobre cadenas de suministro y origen de contenido —particularmente en sectores como autos, acero, aluminio, semiconductores y tecnologías estratégicas—, México puede verse empujado a reforzar mecanismos de verificación, trazabilidad y cumplimiento para sostener su acceso preferencial al mercado norteamericano.
La dimensión portuaria también es relevante para México. Operadores con participación china han invertido en terminales y ampliaciones en puertos estratégicos, lo que fortalece la logística, pero al mismo tiempo coloca la conversación sobre seguridad, gobernanza y resiliencia de infraestructura crítica en el radar de gobiernos y empresas. En un país donde el comercio exterior es un motor de crecimiento —y donde las exportaciones manufactureras dependen de entregas “justo a tiempo”—, la modernización portuaria y ferroviaria puede elevar competitividad, aunque seguirá condicionada por inversión pública, coordinación regulatoria y capacidad aduanera.
Hacia adelante, el peso de China en América Latina parece difícil de revertir: su demanda de minerales, alimentos y energía seguirá respaldando el intercambio, mientras que su oferta de manufacturas y tecnología mantiene presencia en mercados regionales. Para México, el desafío será capitalizar el nearshoring y el T-MEC sin quedar atrapado entre la dependencia de insumos asiáticos y la presión de su principal socio comercial, Estados Unidos. El margen de maniobra dependerá de que el país fortalezca su infraestructura eléctrica y logística, impulse proveeduría nacional, y mantenga un marco regulatorio que ofrezca certidumbre, especialmente en energía e industria.
En perspectiva, la región vive una integración más profunda con China a través de comercio, inversión e infraestructura, mientras México intenta ajustar su política comercial para proteger sectores internos sin comprometer su plataforma exportadora. El reacomodo de cadenas globales, la transición energética y el entorno geopolítico seguirán moldeando estas decisiones, con impactos directos en inversión, empleo industrial y competitividad.





